Edificar, el día a día. (6)
Entender la caridad humana como esa virtud teologal de la que se nos
habla, es algo que solo cuando se percibe en la vivencia, es que nos deja fruto
maduro. MJ
Tal
vez algunos de nosotros cuando fuimos niños percibimos de alguna manera cómo nuestros
familiares o nuestros mismos abuelos y padres ejercían las acciones
caritativas. Mi abuela materna, tenía a sus pobres familias establecidas
a las que con cierta periodicidad y constancia se les visitaba y llevaba
despensas, así como algunas veces escuché que por necesidades extras se les
daba dinero en efectivo. Las más de las veces la caridad se asocia a dar algo material,
bajo la tutela de alguna institución que regula las dadivas y claro que si son
bien encaminadas es seguro que lleguen al fin por el que fueron entregadas. En
lo personal lo viví de muy cerca porque mi madre pertenecía a una sociedad
llamada La Conferencia de San Vicente de Paul, que entre otras cosas hacia
colectas monetarias en alcancías que se hacían con latas vacías que se
reutilizaban para ese fin, pintadas de naranja muy vivo a las que se les
escribía con letras negras: -Donativos para San Vicente-. Me toco
pintarlas, así como acompañar a mi madre a dejarlas en lugares estratégicos de
la ciudad y luego ir por ellas para entregar en la iglesia lo recolectado. Esos
letreros con pintura de aceite negra y a mano libre, nos encantaba hacerlos a
todas las niñas a las que se nos invitaba a tal labor y nos divertíamos
ayudando a las madres de familia de ese grupo haciendo algo que no entendíamos
del todo. Mas claro nos iba quedando todo cuando un día a la semana (creo que
era los miércoles) una de las señoras de nombre Leonor, tenía una explanada muy
grande como entrada de su casa por el rumbo de Itzimná (Parroquia que apoyaba a
estas labores) abría la reja de par en par y por todo el camino se ponían sacos
y más sacos abiertos de lo que las señoras llamaban -La mercancía- ¡-Vamos-! nos decían sin reparo, y algunas de
las niñas, cuando después de comer ya habíamos hecho las tareas escolares se
nos convidaba a ayudar. Era una dimensión de un acatar sin chistar porque las
mamás estaban convencidas de esa buena acción como ayuda.
Por mis estudios Antropológicos escuché ya en la juventud,
que lo peor es el asistencialismo. Ese dar solo por el prurito de entregar sin
más, pensando que se ayuda y esa visión me hizo reflexionar, creyendo que eso
que viví de niña era absurdo. Hoy día ya encontrando el justo medio, me queda
claro que sí se ayudó dando el pescado en vez de la herramienta para
obtener el pez. Era otra época y situación social, en la que las mujeres en
situación vulnerable (abandono, viudez o maridos desobligados) sí que estaban a
la buena de Dios. No había ni rastro de guarderías y en las casas habitación no
se aceptaba a niños pequeños conjuntamente con el trabajo doméstico. El asunto de entregar indiscriminadamente puede
llevar a la falta de conciencia de quien recibe, pero cuando se da con la mejor
intención y de corazón creo que no hay duda de que cae en terreno fértil. Extender
la mano y recibir a veces hasta sin sentir agradecimiento, puede hacer que
muchos se tiren de panza, es su problema. Gracias a Dios, en tiempo
actual ya hay más cultura del trabajo entre la gente más humilde, y no me queda
duda alguna que, por supuesto haya vivales siempre, pero lo que aprendí de niña
es que cuando puedes dar porque tienes la posibilidad y lo haces, es mejor
pensar que estas apoyando y que la persona lo va a lograr entender así. Ya si
es un asunto de viveza y todo se malogra, queda como un asunto de conciencia, y
nada más. No podemos controlar esas desviaciones humanas tan vigentes. En esa
década de los años 60(sesenta)a las señoras muy humildes se les daba todo lo
básico para la despensa. En fin, hasta lo discutí con mi madre varias veces ya
de adulta, diciéndole que ellas eran las que más se beneficiaban porque
concretaban en su conciencia que eran muy caritativas haciendo algo así
y lo bueno es que después lo volvimos a hablar y comprendí que, si bien las
señoras dadivosas eran las más felices de dar, así como para nosotras
como niñas ver la felicidad de alguna mujer muy humilde llenar su sabucán de
bolsitas de granos para el sustento diario, fue bueno. En mí, quedó grabado
para toda la vida. A fin de cuentas, se les estaba dando en especie.
Hoy día, he escuchado que pasa lo mismo con las ayudas
del gobierno, que mucha gente dice que es lo peor. Yo creo que sí lo es solo y
cuando otra vez los vivales hacen su agosto y el mal uso de los recursos
es palpable, mas no hay que perder de vista a gentes que sí necesitan en verdad
ser ayudadas porque no pueden obtener el sustento de otras maneras.
La pésima conciencia del trabajo no ha ayudado para
entender el valor de hacer por uno mismo. Tampoco cualquiera se avoca a ser
caritativo. No hablemos solamente de lo que es la caridad física y en especie y
cuando es dinero contante y sonante muchos tal vez lo reciban sin merecerlo, es
asunto de quien recibe mal. Existe otro aspecto de la caridad: El de la dimensión
espiritual.
Callar a tiempo. Saber percibir a una persona que no debe
escuchar tal o cual cosa y no decírsela. Saber cómo en momentos una buena
palabra o un buen gesto darán en el blanco de algo que alguien necesita
escuchar. Eso es caridad también. Saber que hay temas que se tocan y otros que
no y así con mil cosas más. Hay personas que prefieren donar materia y dejar
los trabajos del espíritu a otros. Claro que no es fácil la parte espiritual de
la caridad, porque como nos dice el diccionario de la Real Academia: -Solidarizarnos con el sufrimiento ajeno-, ¡nada
fácil!, luego se nos dificulta porque de entrada a veces vemos sufrir a alguien
y no podemos hacer nada concreto, más que acompañar. Hasta que el ser lo pida,
y en segunda ¿Será que todos estamos preparados para sostener al que sufre,
suspendiéndolo un tanto de su dolor? Quién sabe. No es nada fácil ese trance,
esa acción concreta.
En el catolicismo la caridad está ligada al precepto que
se oye bastante fácil: -Amar a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como
a uno mismo-. Tampoco es tan sencillo como se escucha. Amar a Dios por, sobre
todo, me lo puedo imaginar, pero la verdad en la práctica me cuesta observarlo
contante y sonante. Cuando va de por medio la estabilidad emotiva y más lo
material, no solo es cuestión de quererlo o pensarlo es cuestión de saber cómo
eso mismo se asienta en la realidad. En cada caso, siempre hay pormenores que
considerar, que avalar, para saber si no estamos fuera de lugar y amar al
prójimo eso sí que tambien se puede volver harina de un costal bastante rígido,
polvo que no se espolvorea por aquí y por allá.
Practicar la caridad tambien lleva una buena dosis de
respeto. Hay que saber cómo y hasta donde estaremos dando pie a socorrer a
quien lo necesita. Otra vez volvemos a la máxima ya tocada antes: No es dar por
dar, ni recibir por recibir.
Tambien se puede practicar lo caritativo hacia nosotros mismos y saber mejor
qué pasos lleva quien camina a nuestro lado.
Una máxima que me
proponía en estos días que releo era: Tratar de vivir un día a la vez. No dar
vueltas y vueltas a los asuntos como otras veces hemos analizado.
No hay tal de que unos días sean más especiales que
otros. Lo que, si hay, son días en que la actividad demanda más y salir de
nosotros mismos no es fácil.
En el inter de los
estudios juveniles, viví unos días en casa de una muy buena amiga en la CDMX.
Su madre, D. Luisita, hacia una encomiable labor en un lugar para invidentes y
yo le acompañé, fue una gran experiencia. Una señora bondadosa a quien aprecié
mucho, traducía libros al braille para esos seres tan especiales. Me sentí muy
feliz un día que regresé de las compras y traía un libro entre las manos que
compartí con ella, titulado: -Yo estoy bien, tú estás bien-, estaba de moda.
Ella me lo pidió y fui la más feliz de dárselo, lo traduciría.
Dar
Nosotros en el día, nunca el día en nosotros.
Sentir el día.
Esa ola de vida que llega.
Luz tenue de amanecer.
Amarillos, naranjas leves.
Amarillos con movimientos de luz.
Coloración plena.
Nosotros en el día, nunca el día en nosotros.
Saber escuchar.
El aire canta.
Las palomas murmuran.
Matices varios. Dar. MJ
El amanecer siempre es evocador. Es como
sentir la limpieza del aire en la cara, para ese dar los pasos con más firmeza.
Es la hora que en las épocas de las edades maduras las cosas se resuelven con
mejor sentido, sin mayor apremio. A quienes nos gusta madrugar, es un gozo.
Tambien, volvía a repasar el Diario personal de José
Saramago. Diarios que van y vienen de entre mis manos. Cuando los reviso me
dejan perpleja, tal vez para volver a ellos buscando al personaje más
completamente entero y sabiendo que aun en SU diario personal nadie se
manifiesta total, somos partes enmendadas, somos seres que nos autoconstruimos
y revolver en las frases de quien hace un diario hacia la propia hechura de
vida, es sentir como que se nos da la mano, comulgar.
Reconciliarnos con la vida es por momentos la tónica del
diario personal. Es ese ir y venir por los tópicos conocidos y que con premura
creemos ya resueltos y vuelve a saltar la liebre de lo inconcluso, de lo
que aún nos falta por resolver, aunque de pronto hasta nos hayamos carcajeado
de nosotros mismos. Para los escritores de diarios personales, se ha convertido
el asunto en un como respirar por dentro para vernos por fuera, hay días que no
se escribe y eso nos empuja mucho más a tener muy en cuenta cuando nos volveremos
a sentar en ese banquillo de las confesiones personales, de los dichos hacia
uno mismo con el único y claro anhelo de poder practicar la mejor actitud, como
lo es saber ser caritativos, con uno mismo, con el otro, con el que nos
necesite en sus términos, porque quien no se tiene asido de sí mismo
¿Qué podrá aportar a quien le necesite?
Nunca dejar de percibir que lo redondo del día es clave
para la satisfacción completa.
Pinté un cuadro titulado -Alegría de vivir-. Fue para una
de mis más grandes amigas que además somos primas porque nuestros bisabuelos
fueron hermanos, y hemos sido cercanas desde niñas. Íbamos cada una a los
cumpleaños de la otra, en mi caso siempre muerta de miedo porque ese convivir en
grupo grande de personas, siempre me ha traído un redoble de campanas
por dentro, porque me encanta, pero a la vez me es difícil. Hice el boceto
lleno de colores, como yo percibo la alegría y aunque no quedo del todo
fidedigno (En lo personal el asunto abstracto de mi obra plástica lo planteo de
antemano, luego toma sus propios caminos el movimiento de la forma y del
color). Así se dio. ¡Debemos ser alegres al vivir!, esa es la encomienda.
El ánimo, ha de estar siempre de pie. No se le puede
pedir que se siente y observe nada más, ahí reside el baluarte de todo nuestro
ser.
En estos días que releo me sentí muy bendecida de que mi
hija que llevaba varios años viviendo en Cancún me invito a pasar un tiempo con
ella. ¡Que gozada nos dimos la una a la otra! ella por permitirme estar acompañándole
cada día en el proceso de madurez y más segura de sí misma y yo pasando unos
días diferentes. Sacudir un poco los polvos que se acumulan por aquí y por allá,
siempre es positivo.
Bendecir los momentos que a veces sin esperarlos, nos
entrega la vida. Saber que, si hay que ajustar planes lo podemos hacer con
premura y sin resabios de dolencias, que a veces postergan. Practicamos la
paciencia la una con la otra, comprendí como ella, una niña, luego una joven y
en estos días prácticamente una adulta, siempre ha sido fiel a sus caminos y a
sus intuiciones de vida. Cómo encontró poco a poco el nicho vital que le haría
feliz hasta nuestros días, me llena de orgullo. Dar de la manera elegida y
escogida, preferencias para que los caminos de Dios se abran a toda experiencia,
lograr poder aportar siempre.
Los hijos, se pueden convertir en catalizadores puntuales
de los padres. Solo de observarles, tener claro como resuelven sus asuntos y
nosotros al quedarnos con una paz tan redonda, ni movernos para no cambiar
nada. La vida es así, es movimiento que a veces nos tira, nos recoge, nos
zarandea y zamarrea y luego nos aquieta, para regresarnos al mismo lugar de
antaño.
Me llevé mis libros favoritos, básicamente de la obra de
Virginia Woolf. Fue cuando releí ese diario personal tan genuino, dándome
tiempo para marcar algunos párrafos encontrados y comentados hoy. Así, los
reencuentros tambien nos dignifican y nos dan fuerzas para continuar.
(Continuará).