Edificar, el día a día. (11)
Es doloroso, mas también es
edificante ser lo más realista posible, saber que la justicia total y plena no
existe. MJ
Me ha llevado prácticamente
toda la vida que he vivido en este planeta, poder tener claro (aunque no me
guste nada pensarlo) que la justicia total no existe. La plenitud justa, se va
a dar solo por momentos. La verdadera justicia que todo humano desea como un
bien de la especie y de la humanidad misma, es algo muy difícil de alcanzar.
Nos sentimos gloriosos cuando vemos que de pronto se hace justa la acción que
vivimos como injusta, aunque a veces es muy alto el precio de logarlo y otras
veces sabemos muy bien que no se logra. La claridad de que no pasa nada es
necesaria, saber que otro bien se otorgará, y siempre está el equilibrio que se
hace presente.
Hace unos días, en taller exprofeso para la mejor comprensión de la
filosofía humana, hicimos el análisis de una cinta que, creo yo, ningún humano
debería quedarse sin ver y observar. Es de un humanismo desgarrador y complejo
y además es histórica y se ha filmado en lugares de una naturaleza que
sobrecoge al alma y nos habla indudablemente de Dios. Este filme que fue
galardonado en su momento con toda justicia para todos los creadores de un cine
tan elocuente y necesario, lleva por título: La Misión.
Solemos relacionar esta palabra de misión, con los
sacerdotes que se avocan a ir a lugares lejanos a llevar la palabra de Dios. En
este caso es así, mas antes de entrar un tanto en el argumento, es bueno
aclarar que todos estamos en una misión encomendada, lo sepamos o no. Todo ser
que entra al mundo trae una encomienda a desarrollar, sea esta sencilla, corta,
larga o de cualquier índole y lo que no podemos dejar de lado es que esta vida
es en sí misma un encargo a cumplir.
La certeza de que
podemos sentir dolor ante misiones que parecen inconclusas, es muy válida, y no
dejar de observar que llevan un total sentido.
Si muere alguien mucho antes del tiempo esperado, nos
parece injusto. Solo el buen duelo es lo que nos dará paz, y hay que dar ese
espacio. La muerte, siempre tiene un sentido, aunque nos duela a los deudos
aceptarlo, justa no es, y nos queda claro que llega en el momento que Dios
dispone en la condición infinita.
El diccionario de la Real Academia nos dice:
Misión: Poder, facultad que se da alguien de ir a
desempeñar algún cometido. Cuando ese cometido ya está logrado, es cuando nos
vamos de este mundo. Nadie se va ni antes ni después. Es así, que un joven que
se va del mundo nos puede dejar claro en el corazón que ha cumplido lo que le ha
sido encomendado y lo hizo en el tiempo de Dios, no en lo que nosotros
consideramos más importante, que es el tiempo terrenal que nos olvidamos que es
pasajero.
Dentro de la misión de algunos seres humanos está la
facultad de hacer justicia con más ahínco, mas todo ser humano, cualquiera que
sea su misión siempre va aunada a que ésta sea justa. No por decir que esta
virtud cardinal no se logre del todo ni en el mundo ni en ámbitos particulares
nos vamos a desencantar y vamos a sentir pesar al respecto, todo lo contrario, qué
bueno que podamos tener el realismo en la mente de la dificultad de encontrar
justicia, porque tendremos en el corazón la llama encendida de tratar de
procurarla en la medida que podamos y en cuanto se nos presente la oportunidad.
Quien infringe la justicia adrede, va por un camino mucho mas pedregoso y el sendero
de regreso seguramente se dará con un corazón lastimado, más allá de lo que los
demás podrán entender. Cada ser humano sabemos nuestras medidas y percibimos más
o menos la justicia y si logramos la que podemos dar al presentarse la
oportunidad, hay consonancia del corazón.
Depende de cada
ser humano y es cuando entramos al mundo, el momento en que se va abriendo la
inquietud vital que nos dará las percepciones de lo justo y la sed eterna de
que hemos venido a cumplir tal o cual cometido. Nada de nuestra misión ceja hasta
que cerramos los ojos del cuerpo terrenal para siempre. La forma singular como
lo hacemos los católicos: saber que hay un tiempo espiritual que no muere.
Todos, al estar viviendo llevamos esa sensación interior:
¿habrá algo que nos falta? como que andamos en las acciones para que esa
especie de sequedad se vaya convirtiendo en vida plena. Nunca se llena completo
el vacío… somos finitos.
La premisa más bella de San Agustín nos dice:
Vuelve a tu corazón, y ahí encontrarás a aquel de quien
te apartaste. Y no es que nos apartemos más o menos de Dios ni que lo
hagamos adrede, es la misma condición humana que en su ir y venir nos aleja de
nuestro centro rector.
Con la misma, la
vida que es la entrega más grande de Dios hacia nosotros, nos la vuelve a mostrar
con caminos nuevos y volvemos a otro regocijo temporal. Claro que los católicos
sabemos que no estaremos completos, hasta que la vida se cierre en Dios mismo.
La película mencionada tiene como tema una misión
emprendida por los jesuitas que asignan a un grupo hasta el lugar que habita
una tribu latinoamericana, la de Los guaraníes. Van hasta ahí, con la consigna
magna de que tanto misioneros como los que van a recibir el conocimiento son
una creación de Dios. En base a eso, comulgan y los misioneros son bien
recibidos y van adentrándose en el trabajo con total entrega, algo que es una
de las más bellas premisas del filme: no se va a medias a ver si se
hace o no la misión, cuando se va es porque estamos seguros de
cumplir y mucho mejor si los recipiendarios del bien están abiertos a
recibir. Son las condiciones con otros humanos (que no están de acuerdo con tal
acción) las que crean todo un conflicto. Lo más bello es ver los argumentos de
unos y de otros y poder observar durante todo el filme como los que llevan esa
palabra para cumplir la misión, nunca se desaniman. Es al final cuando pasan
cosas que podríamos cuestionar, como lograr que no les arrebaten el bien que han
llevado y están otorgando. Ellos lo van a permitir ya que saben que cuando el
corazón conoce hacia dónde va, nada ni nadie lo detiene. Cuando son argumentos
de índole terrenal como intereses creados o políticos los que vienen a mover, los
tapetes, cuesta más aceptar. Se puede apreciar una conversión en uno de los
personajes, se vislumbra tambien quien tiene la mente cerrada y no logra dar cabida
al apoyo de la justicia.
La música no podría ser más esplendida. Ennio Morricone
se explaya con el alma abierta y plena, sin duda alguna. El italiano, que es
sublime en todas sus composiciones musicales, aquí sí que dejó el alma plasmada
en cada nota. En este filme hay una melodía llamada -El Oboe de Gabriel- quien
es el padre jesuita que con una flauta hace percibir a los guaraníes una
condición única de comunión. La música, junto a las gloriosas maravillas
naturales del lugar, nos hace ver un filme que conmueve mucho y que deja claro
que aun si se vive un martirio hay salida anímica que conlleva valor. El mártir de cualquier condición, sea esta
religiosa, de guerra o de misión encomendada, no es nunca un ser fanático. Solo
trata de vivir y sabe que está siendo fiel a lo que sí cree, lo asume en
cuerpo y alma y si es necesario hasta con la muerte.
Hay muchas vidas exitosas en el mundo actual, y a la vez
cuajadas de vacíos. Y, nos preguntamos ¿porque injustamente un ser de éxito,
puede sentirse desvalido? Es tan solo por no esforzarse en conocer los caminos
reales de su corazón, de su alma, de su encomienda. Algunas veces tenemos miedo
a las transformaciones interiores porque no las observamos como un bien, sino
como algo que se nos pide injustamente. Si queremos lograr la misión habremos
de vivir tensiones y sinsabores, son parte actuante y sin remedio.
¿Quién dijo que la vida seria todo el tiempo un camino
de rosas? tal vez alguien por ahí que con ilusión no supo cómo aterrizar a
la realidad. No es lo más deseado, ¡claro que no! da mucho trabajo manejar la
buena tensión que surge de una encomienda genuina y mucho más sabiendo de una justicia
que puede ir y venir. Lo justo no permanece eternamente igual, es nuestro
trabajo el saber como.
El sentido de una vida está basado en lo que es comprensible
con la mente al mismo tiempo que con los sentidos y proviene de los buenos razonamientos
del corazón. Ya dijimos que la verdad es la realidad y la certidumbre no es
negociable, cuando sabemos nuestra misión clara y serena y ante viento y
marea la defendemos.
Es por eso que
nadie puede vivir la vida de la misma manera que otro ser humano la vive.
Compartir, es
palabra clave en el camino de la justicia, y así comulgar con el otro.
Cuando hay causas en la vida, está bien asegurada la
finalidad. Cuando hay finalidad es más fácil vislumbrar lo justo. La justicia, así
como una entidad total y perceptible para todo el mundo, es lo que es más
difícil y solo por eso podremos afirmar que prácticamente no existe como tal. No podemos soñar con justicias que no están
asentadas en los hechos y en la realidad y peor aun cuando las verdades han
sido trastocadas.
Lo bueno, y siempre rescatable, es que como hijos de Dios
hemos sido creados con un sentido de grandeza y ese es el camino del alma sana.
No hay ser humano que no tenga todo para su buen sentido
personal, y si esto se vive se está mucho más cerca de lo justo.
El camino nunca es recto, sabremos distinguir los
momentos de parar, de observar y de actuar. Y así con todo, una y otra vez
persistir.
La vida ordenada no se regala ni se vende en la farmacia
de la esquina. Lleva implícita la premisa de que nada es seguro del todo, por
eso hay que tener cuidado con no cuadricularnos en demasía. El buen
pensar es básico, pero no es justo en todos los casos.
Por estos días me encontré revisando la libreta # 94.
Afirmaba para mí misma el hecho de que nos pasamos mucho
tiempo de nuestra vida afinando conceptos y otorgándonos a nosotros mismos las
valuaciones, y eso es bueno. Cómo hay que comprender a cada ser humano en su
momento de vida. Al niño con sus maravillosas percepciones de las que mucho
podremos aprender. Al adolescente tendiéndole la mano con muy buenos silencios
para que desarrolle el pensamiento propio, porque pensar y creer que puede
escuchar al adulto en todo, ¡es mucho pedir! Y los adultos acompañándonos.
¿Puede una crisis personal que no vimos llegar, asentarse
y movernos todo? ¿hacernos perder el camino real de la temporalidad? es seguro
que sí. Si de pronto se nos cambia la jugada (como normalmente decimos) ese
momento cuando sentimos incertidumbre, tenemos el derecho de ser justos con nosotros
mismos y darnos el tiempo que merecemos para percibir que es lo pertinente que
habremos de vivir.
Me entraron muchas dudas en estos días del año 2011. ¿Seguir con la misma rutina de escribir? Por
ratos sentía que era una perdedera de tiempo, como que la vida misma nos hace
creer esas cosas. Jamás hay tiempo perdido en lo que sí creemos y nos
damos cuenta que es una necesidad casi que nos llegó con el ADN. No es cuestión
de dudar, es algo así como saber que cumplimos justamente una misión que por
mal vista que se dé por parte de otros congéneres, (ese es su problema)
nosotros habremos de atenernos a lo nuestro. Por la Gracia de Dios escribí
mucho sobre eso, sobre la misión encomendada y la reforcé. La misma misión
disipó nubarrones de dudas para aclarar y seguir con la pluma en mano.
Por estas fechas tenía yo un sentimiento de
percibir la vida misma como muy intrincada. Tomé varios bolígrafos de tinta clásica,
la azul, la negra y la roja, e hice unos diseños entre zen doodling y
geometría quería que reflejasen ese sentimiento, los hacia a diario y con
enorme gozo. Luego tendría que pasar a otras cosas, en los temas elegidos de la
plástica. La serie se llamó: -Intrincados-. Mi obra plástica siempre ha
respondido a sentimientos internos de mi ser.
Ser
Con la paz, o sin ella.
Con la tinta, o sin ella.
Con la luz del sol, o sin ella.
Con la luna, o sin ella.
Ser. MJ
No hay comentarios:
Publicar un comentario