Edificar, el día a día. (1)
La pureza interior, es una Bienaventuranza.
MJ
Prácticamente la vida que vivimos se
gesta por dentro de nuestro ser. Estar en claridad con lo que se vive, mente y
realidad como un todo, es lo ideal sin soslayar que la vida se propone en la
mente y se aterriza en la realidad. La mente y las razones son el espacio de
luz, si así lo queremos. Ya sabemos que no solo es desear, porque lo importante
es tener la voluntad de lograr cada día, con tan solo lo que nos corresponde.
No se llega al mundo a vivir, sino a expandir la conciencia que va de la
mano de la vivencia, al hacer de la vida un reto. La mayoría de nosotros lo tenemos todo en las
manos y por momentos sin damos cuenta, nos absorbe lo inmediato, y no lo que en realidad nos
corresponde, querer.
En la Biblia, edificar está unido a la idea de
plenitud. Esto quiere decir: poner todos los elementos del día en unidad y
obtener armonía. No es trabajo sencillo, aunque tiene una dinámica un tanto
natural: mientras más se practica más se facilita. Quienes vamos a escuchar la
palabra los domingos, de ahí obtenemos una parte muy significativa para
llevarla a la vida cotidiana.
Es tanto lo que se plantea hoy día al género humano, que
el sentido de la religiosidad se ha confundido en esencia, hay un mar de
propuestas que, si no se saben poner en su sitio, solo distorsionan. Cuando
todo nos parece que proviene con el mejor sentido comunicativo y fiel y hablar
con la verdad en la mano se sugiere como lo más natural, no siempre es así. Al
afinar las percepciones es cuando se desarrolla el poder de edificar, que lleva
ritmos diferentes al de construir.
Fui hija de un constructor y creo que apenas en la
séptima década de mi vida es que me estoy dando cuenta de cuanto contó ese
aspecto en mí misma. El verbo, edificar viene de la raíz del sentido de elevar
y en el caso del espíritu, es la manera cómo podemos implementar elementos en
el alma. Hacer mucho más digno lo anímico, que es la propuesta fundamental de
toda religiosidad, y más que nada de toda vida.
La misma definición de la Real Academia nos dice: -Infundir
en alguien sentimientos de piedad y virtud-. Tomando este último concepto nos
queda más claro que si conocemos las virtudes nos será más fácil edificar, las
que se denominan teologales que son: Fe, Esperanza y Caridad.
Las virtudes conocidas como cardinales son: Prudencia,
Justicia, Fortaleza y Templanza. Y como colofón podremos cerrar esta lista con
la virtud moral que tal como lo dice la dicción académica: -Hábito de obrar
bien-.
Nos queda claro que no es tan sencillo, porque, aunque
por ese camino es por el que se empieza, aclarar lo que es obrar bien es
asunto de cada alma humana. Se apunta tambien que independientemente a lo que
las leyes proponen (que en cada país son prácticamente las mismas) con las
variantes del caso, más nos identificamos como homo sapiens en el
sentido de tener clara la razón natural. La razón está presente en toda la
formación religiosa, sea esta de la índole o advocación con que se opta para
vivir, y no es porque todo tenga que comprobarse. Todo puede caber en los
razonamientos más fieles en los que sí creemos. La religiosidad tiene una filosofía.
Con lo que en base filosófica estamos más asentados. Sí habría que tener
más observancia y cuidado en una religiosidad más razonada y con opción clara,
aun siendo la piedad y el sentimiento en sí mismo un don, los caminos de los
sentimentalismos nos pueden alejar de lo que en realidad se nos pide con más disciplina.
No todo lo que se razona ha de ser comprobado científicamente, claro está. Si
se ha de llevar un camino claro de crecimiento, aunque esto sea un regalo
divino, también es un esfuerzo realizado. Cuando la presencia de Dios se manifiesta
en nuestra vida, no hay vuelta de hoja. Es por lo tanto que, si nos avocamos a
edificar, estamos hablando de proponer siempre con las miras hacia adelante y
adosando conocimiento. La práctica religiosa no es ausencia de conocimiento, es
más bien tenerlo, para que el alma se promueva y se acerque a la pureza deseada.
Solo se vive a dos niveles: El mental y el de la realidad.
Mientras no encontremos el punto medio de equilibrios entre ambos, seguiremos
siendo presa del stress.
Desde el día a día esa misma circularidad que compone a
la cotidianidad es la base. La certeza
de que vamos poniendo ladrillo sobre ladrillo, como algo místico.
Tal como sucede en las construcciones de lo material,
poder tener la observancia, los blocs necesarios para que todo se
mantenga y sostenga y se viva la creatividad como una certitud.
Mi padre, como Ingeniero Civil y amante de la
Arquitectura fue determinante en la vida de sus hijos. Su práctica fue muy bondadosa
y asertiva en lo que con naturalidad iba proponiendo siempre con gusto, entrega
y dedicación. Al paso de los años lo que edificó en lo espiritual aún pervive,
y en algunas de las obras materiales. La voracidad actual de destruir algunas construcciones
se ha llevado mucho. Las construcciones emblema de épocas pasadas se van, como paja
volátil.
Pude observar cuando le acompañé de niña, a las construcciones
en curso, como él mismo checaba lo que se había ya edificado. Siempre se
hablaba con el jefe de albañiles en términos de que todo quedase como lo
propuesto por las leyes de la ingeniería. A veces vi a mi padre tocar con la
punta de su bota de trabajo (unas botas de color caqui que yo admiré en él,
porque quedaba claro que pisaban fuerte) tentar como iba quedando la base
constructiva de todo. En una ocasión me tocó ver que tan solo poner el pie en
un muro hizo que este se desplomara como si fuera de arepa, y hubo discusión
porque ante lo sucedido quedó claro que se había mal hecho. Tan solo dijo - ¡a
recoger el escombro muchachos! y volver
a hacer. A nadie le gusta que algo
que parece bien construido se caiga, pero esa edificación que está mal hecha,
es una mezquindad. Como diría mi madre: -El flojo y el mezquino, van dos veces
el camino-. Y, claro, no pasa nada porque en ese repetir, es cuando muchas
veces más se aprende. Me espanté cuando vi caer ese muro que parecía bien hecho
y cayó como si fuera de papel. Y si esto lo pensamos mejor y lo llevamos a la
vida de cada día, edificamos poniendo los elementos de formación de las ideas.
En el caso de quienes tenemos como modo de vida, escribirnos, lo
hacemos con alegría y entusiasmo. Ese edificar la vida al ponerla por escrito
permite un asiento que perdura en uno mismo y tal vez (como yo, hoy día que
reviso) pueda permear en otros seres. Lo hago desde niña, aunque por supuesto
tuve etapas en que no escribí nada.
Tengo clarísimo el día en que recibí mi primer escritorio
personal. Era grande, de manufactura de madera sólida y había sido hecho en la carpintería
de mi padre. Tenía todo para las obras arquitectónicas. Ese mueble, tenía tres
cajones de un lado y uno central. Ahí guardé mis más preciados tesoros,
varias plumas y lápices de color que siempre recibía como parte de regalos
habituales. Mi padre lo sabía y en silencio iban llegando. Mi primera pluma
fuente la recibí en la adolescencia. Fue una Schaefer dorada de puntilla
muy fina, provino de la hermana de mi padre que, en una nueva etapa de vida
cuando ya vivimos fuera de Mérida me regaló otro escritorio. El primero era muy
grande y se quedó en la ciudad natal. Secreter
estilo antiguo, que conservo hasta el día de hoy. La vida a veces debe
vivirse tan cual va presentándose sin darle mayores vueltas a los asuntos.
En la adolescencia más que nada escribí cartas. Algunas
las realicé con la máquina de escribir tradicional y con papel carbón, así que
guardo algunas copias. Otras muchas a mano, se fueron a sus destinatarios y
tengo las que conservé de varias personas.
Cuando las releo hoy día, percibo en la letra manuscrita el alma de ese alguien
que escribió, me doy cuenta como está reflejado el sentido de la época, no solo
en lo que pasaba en la vida de cada quien, sino en la realidad. En lo personal
tuve una niñez larga, aun a los trece o catorce años solo pensaba en jugar
tenis y estudiar. Tuve un enamorado que
estudiaba en Monterrey y me escribió mucho. En realidad, yo no estaba aún preparada
para lides amorosas. Venía a la ciudad de México (en donde viví varios años) a
verme, y la verdad inventaba pretextos para no salir. Era un hecho que para
nada congeniábamos. Aún me faltaba más tiempo para enamorarme por primera vez,
asunto que se dio alrededor de los dieciséis años de edad y de la manera más inesperada.
El amor inesperado es eterno. Se queda en nosotros de diferentes maneras y no
siempre es el del matrimonio, que ese sí que es harina deotrocostal. El
compromiso nos lleva a otros niveles, no siempre fáciles, mas sí los tomados a
voluntad, como quien dice a capela, todo fluye.
El correo electrónico vino a cambiar muchísimo ese placer
de tomar un buen papel y una pluma elegida y poder redactar a mano libre y de
puño y letra.
En estos nuevos renglones me avocaré a hablar de pasajes
de diarios personales de escritores que he leído. Una mujer es mi preferida y
como literata me ha acompañado con todas sus obras durante mi vida adulta:
Virginia Woolf. La conocí a través de mi marido y no ha salido de mi vida. Nada
de los libros que guardamos en casa con celo y recelo se ha ido nunca (hemos
hecho donaciones a bibliotecas, de los materiales que han cumplido su cometido)
sabemos cómo los libros de papel nos atrapan y son ellos los que no nos
sueltan. Nuestro ambiente peninsular es
húmedo y a veces de plano se deshojan algunos libros. Hay una gran alegría de
volver a los libros del pasado, ocurre, y es un gran placer. Conocí a Virginia
como si fuera una amiga y lo más tremendo es que me habla en
cuanto abro algunos de sus libros como si estuviera sentada junto a mí. Cuando
mi nieta a los tres años de edad preguntaba si los peces hablaban entre
sí, lo percibo como cuando los personajes reales de los libros pudieran hablar
con quién lee. Si alguien me preguntase con quien de los literatos que conozco
por sus obras, me gustaría conversar, no lo dudaría un segundo seria con la Woolf.
En años pasados fuimos mi hija, mi marido y yo, en busca de sus pasos en
Inglaterra, y caminamos parte de sus ambientes y caminos. En sus lares se le
percibe claramente en el aire.
El diario personal de esta escritora, emblemática en mi
vida, lo he leído tres veces. La última fue este año para obtener los más relevante.
Dejar fe aquí en los textos actuales lo mejor que he encontrado en ella, que se
ha vuelto una prioridad y me avocare a hacer algunos comentarios. La literatura
que nos marca, esa que nos toca el corazón, es la que nos permite
identificarnos en muchos aspectos y otras cosas como el abordaje hacia los
paisajes tanto naturales como humanos. Le ha tratado de comprender desde los
sentimientos más íntimos, así como de las maneras de decir. Permitir más
claridad al lector, es la fe que tiene puesta en el alma quien escribe. Todos
deseamos más claridad en cuanto a los mitos de la vida. Todos los que le hemos
leído sabemos que vivió con bipolaridad, esa que no se conocía bien y que se
denominaba de otras maneras entre otras: maniaco depresión.
La singularidad de su ser muchísimos lectores la
conocemos con el sentimiento que tuvo de joven, de no disponer de un recinto
para ella misma. Todo en su época se dirigía más hacia los varones de las familias,
que eran los destinados al conocimiento. Las mujeres eran relegadas a otros
ámbitos.
A Virginia le hizo
falta de soltera una -Habitación Propia-. Eso mismo hizo que titulara así, en
1929, una de sus obras más leída. Ella lo sufrió, aunque en la Inglaterra de su
tiempo ya se abrían poco a poco las mentes y ni que decir lo que lograron como
grupo de escritores al que ella perteneció, el denominado Bloomsbury. Este
grupo, ha dejado decenas de textos que han marcado la vida del siglo pasado y
siguen dando mucho. No fueron del todo aceptados, es a partir de los años
setentas del siglo pasado que van tomando formas especiales estos legados.
Virginia tuvo buenos espacios para realizar esas
redacciones que llegan al alma. Cuando vemos como luchó por edificar su
interior batallando con la enfermedad que tanto le aquejó (y le llevó a la
muerte) nos damos cuenta que es a voluntad precisa que uno puede edificarse,
ante el viento y marea que sea. Las enfermedades las más de las veces son
detonantes de una edificación nueva en el ser que las padece, solo quien lo ha
vivido puede contarlo y más que nada vivir con un nuevo sentimiento de lo que
en verdad se quiere.
Con los años me he convencido que sí era necesario que la
mujer como fémina vituperada, fuera en busca de los recintos de una creatividad
más edificada, siendo ésta dentro de cualquier ámbito y nunca soslayar el de la
casa habitación como recinto de formar familia, ese espacio sagrado que por
años se mantuvo en la oscuridad de la creatividad y que muchas mujeres han
dignificado optando por esos lares, nada desdeñables. Hay mucho que hacer en
casa, mientras no se pierda de vista lo digno que ese espacio espiritual
resulta y todo lo que ahí mismo se aporta.
Ni se diga la conducción de los hijos que hoy dia tambien
están siendo bien encaminados por los varones que deciden ser padres de
familia. Las parejas ya son en verdad cómplices, con la mirada al mismo nivel y
dirección, con las acciones que edifican en apoyos mutuos en todo sentido.
(Continuará).
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