martes, 30 de diciembre de 2025

 

Edificar, el día a día. (2)

                                            Como mujer, no tengo país.

                                            Como mujer, no quiero un país.

                                            Como mujer, mi país es el mundo entero.

                                                                                                             Virginia Woolf.

A Virginia, el diario personal le sirvió para ordenar la mente. Ahí veremos más que nada pasajes que apuestan a obtener mayor propósito, así como de la seguridad hacia los fines queridos, no solo deseados.

Es un hecho que su padre le abrió completita su biblioteca. Un intelectual, culto y bien plantado en la universidad, Mr. Stephen le dio a su hija las bases de una manera de ser, sin duda alguna. Así se conjuntan las realidades para lograr las mejores edificaciones. Y, no importa cuánto tiempo sea el que tengamos disponible, o lo que nos tome vivir la misión para la que hemos venido: eso llegará. Es la voluntad de ser, lo que venimos a hacer en el mundo que nos ha tocado. Como bien diría Cristina Pacheco: -donde nos tocó vivir-. Lo que dicta el camino de edificarnos, es transformador. Hacer el quehacer dignamente, sea casero o sea intelectual.

 A la madre de Mary Shelley (Autora de Frankenstein) casi la deja plantada el padre de Mary (a la hora de hacer pareja) porque tenía muchas faltas de ortografía. Con esas bases el hombre no quería lidiar, quería una mujer que estuviera en verdad y en todo a su lado, de tú a tú. La fuerza de un texto posterior les hizo tener una vida juntos.  La madre murió a los dieciséis días de nacida Mary. Esto mismo marcó su vida para llegar al camino de idear un ser perfecto.

En lo personal, los textos de Virginia han tenido mucha influencia en mi vida. No tengo la fecha concreta en que comencé a leerle, de lo que estoy segura es que todavía estaba en la etapa de cambios de pañales y cuidados de niños pequeños. La edificación mental se daba a partir de esas lecturas por la noche, aunque mil veces me quedase dormida con el libro entre las manos.

Virginia llego a mi librero bien parada para nunca más moverse de ahí. Al ser releída, se ha ido impregnando en mí, el gozo y disfrute de ese estilo libre que le caracteriza.

Uno comulga con los sentimientos de los escritores que nos dan parte de su vida. En cada letra y fraseo se le percibe y más cuando se conocen los diarios personales.

Era difícil en la Inglaterra de su tiempo poder hablar con voz propia. Lo logró y con creces.

Perdió a su madre siendo muy joven. Con esto, vemos que la gana de narrar para bien se hizo imperante, cuando el escribir se asocia con pérdidas, cada escritor entrega conocimiento y un arte especial exacto como le paso a la Shelley. En ambos casos, el padre vuelve a contraer matrimonio y ellas, no solo escriben, sino hacen el esfuerzo por adaptarse a la nueva vida.

                                                           Durante el siglo XIX, las creencias religiosas comenzaron a fracturarse. Europa, nos dice Alain de Botton:

-Habíase venido contestando asuntos tan básicos, dando las respuestas más profundas como lo son-:

¿-Qué es el significado de vivir-?

Es claro que había cuestionamientos fuertes en el ambiente y los cambios se perciben como si fueran los olores que salen de una panadería de hechuras recién horneadas, fuertes y penetrantes. Muy claramente profundos, tal cual como en cualquier época uno debe hacerse las preguntas y nunca barrerlas al viento.

También se cuestionaba ¿-Qué es realmente la moralidad-?

¿-Qué es morir-?

 Muchos habitantes del viejo continente dejaron de apostar a pie juntillas por los postulados más tradicionales, sintiendo que había necesidad de cambios. Es así mismo, que la religiosidad se tambaleo y sufrió muchos vaivenes. No digamos los postulantes, que tambien se vieron inmersos en remolinos de preguntas fuertes.

Las ciencias entraron demasiado en juego, sobre todo las relativas a la especie humana, ese hombre que se edificaba desde nuevos descubrimientos. Al individuo ya no se le percibía con esa naturalidad planteada por las escrituras, ya había más y más evidencia de un homo sapiens que había tenido que bregar en los ámbitos de la supervivencia para dar fe de su especie.

Había, para completar el verso, excesos de supersticiones, y esto no ayudó en lo más mínimo. En la época del romanticismo como le paso a Mary Shelley, tambien la ciencia daba giros fuertes, había nuevos conocimientos que impactaban.

Hubo una entrada triunfal de la literatura, sin duda alguna, desde el siglo XIX. Frankenstein se publica en 1818. Hoy día hay mucha revisión positiva al respecto.

Se buscaba una felicidad real. Siempre se ha bregado por eso mismo, solo que en diferentes ambientes y fuerza de cada época. Se sentía que la que se vivía en esos momentos solo había dado respuestas a algunos, era justo que más gente pudiera beneficiarse.

Las emociones estaban vetadas. Cerradas a piedra y lodo todo en los cuerpos humanos, en cada ser que se preguntaba sobre el alma. Dentro de los pechos humanos se albergaban angustias innecesarias. No se les daba permiso de salir a la luz a los movimientos interiores, todo lo emotivo se ponía debajo de la alfombra.

Mucho de lo que salió más adelante, fue harina del costal que dio paso al horneado en los consultorios psiquiátricos. A la emoción se le empezó a dar permiso de salir. Se logró de a poco al conversar, ser parte de la vida de relación. Al compartir.

Se empieza a dar identificación afectiva al leer a los autores de escritos que antes se pensaban tan solo como divertimento y luego ya se les situó como apostatarios de cambios de mentalidad. Los más cuestionados habían venido a revolucionar y a dar postulados inimaginables. Hubo un tanto de escándalo.

Se empezó a hablar y a escribir como si se estuviera en una conversación, una manera de comunicar mucho más liviana y llevadera.

Algunas personas se permitieron hacer autoexámenes, para poder decirse a sí mismos: ¿Qué es lo que pasa? como dolía la vida y que era eso de romperse.  Muchos congéneres sentían presión o tal vez indiferencia del mundo ante su ser. Es así que se dio el: permitirse. Se comenzó a permitir el errar, como parte de la vida. ¿Quién es perfecto para pensar que los errores son nefastos? el falto de humildad, porque errar, es de humanos. Permitir el escoger, el convivir con personas que estaban a ratos muy sojuzgadas ante las premisas cerradas de una sociedad que a todas luces cambiaba. Cuestionar ¿qué era lo que una mujer sentía o quería? Puertas se abrieron en todos los sitios, en todos los ámbitos. La misma Virginia se pregunta: ¿porque tanta atención a sus hermanos varones y ella y su hermana confinadas a labores diferentes? ¡que no es que las desdeñaran! (por ser mujeres educadas) pero que se cuestionaban por no dar el ancho de sus ambiciones tan realistas y fidedignas. Verdaderos anhelos de mujeres inquietas, hubo encontronazos, evidentemente. Obviamente que la inquietud, en particular la femenina hizo estragos, porque a las mujeres leídas y estudiadas se les temía.

Se sentía, que en los textos literarios se podrían completar las ideas de lo que se vivía, se trataba de encontrar esa edificación tan difícil entre razón y espíritu.

                                                     En 1922, George Gordon en su lección inaugural del curso de literatura en Oxford, dijo:

-Inglaterra está enferma. La literatura inglesa tiene que salvarla-.

Se empezó a considerar que las novelas y los libros de historia habrían de ser edificantes. Se pensaba ya, que fueran fuente de instrucción para mejorar la vida de cada día, recomponer la moral y considerar que el arte tendría que ser un camino.  El arte tambien toma caminos nuevos, de terror para algunos que no podían entender con valor artístico eso que se plasmaba a la prima, es decir a brochazo limpio y puro. Ese puro y duro sentimiento tomo su lugar en los lienzos, en los coloridos seleccionados y los colores se empezaron a reconocer como fuentes de energía. Surge, sin remedio y por la Gracia de Dios, el arte nuevo, el arte abstracto. Concebir sin lo figurativo y llevar el trazo a extremos tremendos, que causan tambien, el no/arte, ese que nos inquieta y se cuestiona en la vida actual.

El ser humano tiene en el espíritu asuntos que puede expresar con los colores o tan solo con los trazos más irreconocibles, yéndose hacia el sentimiento, eso sí, expresado armónicamente y con técnica. No todo embarre es arte.

La literatura, bien asumida y bien llevada nos puede cambiar la vida misma.

Este postulado nació, tan solo para crecer, para hacerse parte de toda sociedad que se preciara de buena vida. La buena vida de poseer, fue dando lugar a la enorme vida de poder ser, estar.

                                                                         Porque la lógica no siempre impera en los derroteros de nosotros los sapiens. Claro que no. El mundo tambien tomo caminos para ponerse de cabeza. Tenía que ser así, los seres humanos somos seres de movimiento, ante todo, vivimos esas etapas de supervivencia siempre. Ambientes hostiles hemos superado. Mary Shelley ante sus mil sufrimientos e incomprensiones vitales, nos regala una pieza artística con Frankenstein. Momentos duros que no son estáticos, son fuerza para crear. Lo tremendo fue que no todos podamos escuchar los postulados que son en verdad edificantes. Confundirnos tambien es parte de nuestro ser, lo hemos demostrado con creces.

Ante la mimetización mundana algunos grupos tuvieron terror de perderse en el océano de propuestas tan similares y vinieron las distorsiones en muchos de los sentidos, que hasta hoy día las estamos viviendo.

Mas, sí que hubo propuestas que edificarían más certeramente. Si las hay hoy mismo, y los individuos con creces podremos hacer la parte que nos corresponde. Deslindar lo destructivo y plantar la edificación hasta en lo mínimo, de cada día.  Tambien hay algunos oportunistas que siempre proponen falsedades, la tarea es observarlas.  Así lo vemos con los sectarismos que hoy día son motivo de estudio de muchísimos congéneres, que están apostando por una nueva conciencia.

                                                                          Quienes asumimos tener familia, hacer una vida de relación para esa parte de aporte al mundo, sabemos la leña que lleva el dulce. Nos queda claro que en los pensares actuales eso ya no es lo imperante para todo ser. No hay que temer, el péndulo siempre se acomoda.

 La vida de cada persona se valora en la sacralidad que le motiva, nada más.  Es por eso que se guarda mucho el cuidado de no opinar al aire, cuando no sabemos toda la historia.

Todos, absolutamente todos los seres humanos vivimos periodos de solidificación de creencias y vivencias, y debemos estar alerta de aceptar esos movimientos. Son lo único que nos conducen a la verdadera paz. Me encanta recordar que el color de la paz es el naranja, porque es la fuerza del fuego divino de la deidad en la que creemos. No importa que no todos tengamos la misma.

Nunca faltar a las citas con el destino. Sernos fieles a nosotros mismos. El dolor es liberador y es seguro que nos lleva a nuevos conocimientos naturales.

Séneca nos aclara: Ocio, no es lo mismo que Pereza. Cuidado con confundirlos. El ocio es producto de la observación de la que nacen nuevas ideas y la pereza es sofocación del pensamiento sin más, que no querer aportar.

                                                                        Es así como un diario personal nos puede dar las herramientas para apostar por más confianza en la vida misma. En el día a día, no dejar de ser observantes de eso en lo que, si confiamos, sí podemos. Poner en las líneas de vida el camino de edificar que no necesariamente se escriben en una libreta, se postulan en ese quehacer que es de plena confianza y certeza de ser, cada día. Si tenemos en la mente los postulados de la religiosidad en la que creemos, estaremos mucho más seguros de que hay y habrá buen camino.

                                                                     Es así que llego a la revisión del diario número 88. Un cuaderno que de entrada me muestra lo que iba encontrando yo misma, el aporte natural del día a día. Lograr cada vez más valor y entereza de vivir con lo que se elige.

Leí, por primera vez ese gran libro que hemos comentado anteriormente, titulado Fluir. Comprendí que no todos fluimos de las mismas maneras y eso vale mucho. Todos, si nos aceptamos, es seguro que podremos postular para el Bien.

Escribí un término que cada día me resuena más: Caserísimo, es decir: el valor profundo de lo vivido en casa. (Continuará).

 

 

 

 

 

 

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