miércoles, 22 de abril de 2026

 

Reseña de viaje.

Primer momentum.

Nueva York.

                                      Nueva York, siempre es un buen destino.

Re Otero.

                                                Es indudable que siempre es bueno hacer planes, mucho más, buenos planes. Íbamos a salir de la ciudad en la que habitamos y todo estaba listo. Siendo que nuestra hija es organizada con todo el detalle que le caracteriza, esta aventura para los tres, ella, su padre y yo misma, ya estaba en la sala de espera tan solo para la fecha acordada.  De pronto ella llega y me dice: -hay cambio en el itinerario de inicio, nos vamos dos días antes de lo dicho, los aeropuertos de los Estados Unidos están en huelgas y las colas para entrar se pueden prolongar más de lo esperado-, en silencio le miro, asiento con la cabeza y de inmediato le hago caso: hay que apurar un poco lo planeado. Ella con tremenda experiencia de viajar, (su trabajo de los últimos años se ha dado con algunos viajes) sin duda tiene razón y la razón va con el orden. Así es como cambia el destino, en un tris.

El destino terrenal al que nos dirigimos requiere tres escalas, es así mismo que habiendo pensado en un solo día abarcar todo, (sí era posible si salíamos de Mérida muy temprano) preferimos más tiempo y calma. Houston Tx., en ese mismo día seria Nueva York y en la noche tomar el vuelo nocturno a Edimburgo (en donde estaríamos unos seis días) era una locura y lo mejor fue estar con más tiempo. Lo que trajo el cambio fue ¡mucho mejor!

Logramos pasarnos una mañana de preámbulo maravillosa (y casi hasta parte de la tarde) en un área de Nueva York que solo ella conocía mejor y nos podría llevar como en la palma de la mano. Así que aceptamos, irnos dos días antes y tomar todo con esa presencia de ánimo que aporta. No nos gusta correr cuando no es necesario y justo fue lo que sucedió. Temprano, después de haber dormido cerca del aeropuerto de Newark, nos encontramos con una mañana de finales de marzo con temperatura de esas que hay que respetar: dos grados. Bien enfundados y tapados, tomamos el Uber y ahí estamos frente al rio Hudson.

La parte conocida y remodelada llamada Little Island se encuentra a la vera del rio que da nombre a los Hudson Yards, toda esa área retomada y traída a nueva vida para los neoyorquinos. Un pequeño parque con total acierto arquitectónico y que invita a muchos instantes de vistas diversas, que congelan la mirada, no solo por el clima sino porque uno logra apreciar esos lares de subidas y bajadas bien pensadas por una arquitectura muy lograda. Con entramados de madera en sí mismos hermosos se siente todo muy acogedor aun estando al aire libre, permiten que la mirada de pronto vea el rio desde diversos ángulos, adosado todo con bella y natural jardinería. La primavera, ¡ya está aquí! mas algunas flores aún se toman su tiempo. No todos los arbustos están activos en floración, algunos, dice un letrerito por ahí: -cuida los arbustos, están en descanso-. Aun descansando, un matorral tambien puede ser bello con ausencia de flores, tiene mucho que ofrecer sin ellas, porque abundan troncos de diversos colores. Ante todo, lo que aprecio son las texturas y ni qué decir los coloridos. En estos días más bien hay floración blanca que se nota en pleno desarrollo, acompasada de flores de otros tonos, amarillos, lilas y pequeñas florecitas rojas y rosadas que apenas asoman la nariz ante tanto frio.

En la entrada, una explanada bastante amplia recibe a todo ser que se ejercita, que camina a su perro o que simplemente como nosotros, vamos a dar el paseo. Uno se puede extasiar viendo a las gaviotas, les han dejado una serie de pilotes de madera maciza de los antiguos muelles y cada una en su propio madero se regodea con los vientos y total dignidad, como diciendo -aquí estoy he amanecido en mi casa-. Solo con gozar del bello colorido verde pardo y casi en tono seco del rio, los ojos se sitúan en la fijación elegida. Grandes edificios más allá, que en unos minutos iremos a disfrutar en caminar amplio.  El rio Hudson no hace tanto movimiento, mas las ventiscas están en estos días al por mayor, se forman pequeños reductos de olas blanquecinas como si corriera el agua por la superficie al compás del aire helado. Un poco de solecito por aquí, unas rampas que invitan a subir por allá y en los caminos de pronto se aparece una pieza de arte expuesta para el deleite de todos, es así que elegimos sentarnos un rato y observar, es un círculo en blanco y negro de Op art, que se deja admirar en un rítmico movimiento como caleidoscópico.

Hay ciudades de las que no importa las veces que uno vaya, con una sola bastaría para desear volver. Eso mismo pasa con la ciudad de Nueva York, con un dinamismo que obliga a parar el paso a cada instante y solo con voltear la mirada el paisaje urbano junto al rio es cautivante, detenerse y mirar todo el conjunto o tal vez una sola flor, es obligado. En realidad, es de esos destinos en los que uno siempre va a encontrarse con el asombro bien puesto, tanto en los pies y piernas para las buenas caminatas, como con la mente abierta para el gozo.

                                    Habiendo recorrido casi todos los reductos de las islas artificiales, salimos con calma hacia los bordes de este espacio y nos encontramos con una placa muy significativa, tiene la foto del Titanic y ahí mismo se explica: Aquí bajaron los 710 sobrevivientes del naufragio. Es emocionante pisar ese suelo, pensar en esas personas que tuvieron una siguiente oportunidad.

Nos decidimos adentrar en la urbe, pasando por el museo Whitney que, aunque todos lo conocemos, siempre invita. Vemos algunas cosas de ahí casi a vuelo de pájaro y nos sentamos en plena escarpa en unas mesitas muy coquetonas de color verde limón subido y que invitan a un momento en el camino para organizar la mente. El señor mayor marido y padre respectivamente, es gran compañero por ser un buen caminante, mas no permite dejar pasar unos croissants que vio por ahí, así que mientras ese deleite se le da, nosotras armamos el plan mejorando tiempos. Hacemos el recorrido elegido logrado con la compañía de un solecito muy agradable, el plan de las pocas horas de que disponemos. Re, literalmente manda el juego, y nos conduce con acierto porque hoy día el celular no solo manda mensajes… ¡nos cuenta los pasos. Aunque Ud. No quiera. Un poco más allá está el siguiente destino, caminar toda la franja elevada de los Highland, que son jardines en alto, rectos porque siguen una antigua vía de ferrocarril que se cerró. Se notan ahí mismo las vías llenas de floración y colorido. Mas piezas de arte callejero que son esplendidas y que nos permiten entrar a un recodo y admirar silenciosamente, el gozo en la mente está vivo de tanta expresión de arte.

Creo que, al salir a cualquier destino, es la percepción de un estado de alerta el que mejor nos indica como vamos y a donde. La gente camina a diferentes ritmos, las carriolas de bebés, los niños de vacaciones correteando, los perros que nunca faltan.

Y como bien dice María Dolores Pradera -A trotecito lento- o más bien a pasito pausado, recorremos el camino-.

Los neoyorquinos que viven en estos rumbos de la ciudad despiertan muy temprano, me da la impresión que es un distrito más de jóvenes, esos emprendedores que ya encontramos en todas partes. Salen a ejercitarse y pasear a las mascotas, perros de todo tipo y color, llevados con una correa las más de las veces, aunque nos tocó ver animales educadísimos y sin correa que caminan fielmente ahí junto a su compañero de carrera.  Poca ropa necesita el joven aun con tan bajas temperaturas, nos queda claro que están hechos de otras percepciones y fortalezas que solo dan los lugares en los que uno se adapta. Quien vive en lugar frio sabe su cuento, porque aquí encontramos al paso a algunos hasta con tan solo una T shirt. ¡Tremendo el frio!

Lo primero que se disfruta muchísimo es la concepción artística/arquitectónica de la ciudad, de eso en estos lares no queda duda. Lo que se planea con enormes explanadas para dar la perspectiva deseada, y claro es tan valioso el espacio que en otros sitios los cristales se vuelven reflejo de lo que tienen ahí mismo cerca. A los lados de cualquier avenida siempre se puede apreciar algún elemento artístico, así sea un letrero bien logrado, un color bien aplicado en los edificios. En la avenida que da la entrada a este reducto, hay en el rio cercano una serie de pilotes que tal vez fueron de un muelle muy importante antaño y que han sido dejados como parte del paisaje. 

El experimentar una ciudad es como cuando se cocina algún guiso: Lleva los mismos ingredientes y tan solo se adereza con la mirada personal. Nuestra hija ya había estado con más calma en esta área de la ciudad, así que con toda seguridad y con los medios electrónicos de hoy día nos fue guiando los pasos mientras comentamos lo que se va apareciendo.

Cuando uno abre el alma con la percepción elegida, se da un gozo muy personal.

Nos tocó un día muy despejado, el sol matinal se refleja en varios reductos del rio y así comenzamos a avanzar, llegar a la 5ta avenida ¡es obligado!

La mayoría de las plantas en el sendero alto tambien están como de descanso. Aunque el invierno propiamente ya ha pasado en este momento del año, las plantas esperan su nuevo ciclo primaveral.                                                                     

 Varias cosas llaman nuestra atención, ya que desde arriba se puede tener diversas perspectivas, el flujo intenso de vehículos, así como al voltear a otro lado la mirada es atrapada en una obra de arte ocupando todo un lado de enorme edificio. Pequeñas esculturas en jardines bien cuidados a veces con el nombre del autor o autora, a veces nada. Los edificios aledaños están en algunos partes habitados, así que ellos con vista privilegiada y los transeúntes podemos ver las decoraciones interiores esplendidas.

La vivencia de pisar por primera vez un sitio es verdad que nos cambia por dentro, solo al viajero mayor, mi marido, le faltaba dar esta caminata, porque Re y yo ya la habíamos dado antes, tengo primas muy queridas en la ciudad y ellas en años pasados nos llevaron.

Una vez que disfrutamos en espacios bien logrados ya no volveremos a ser los mismos seres de antes, este es el secreto de la buena arquitectura, y como decía mi padre: -que el espacio te sorprenda-. Y, sí que hay sorpresas, porque aun habiendo estado, uno lo siente renovado. El celular buen aliado nos permite capturas varias.

Decidimos hacer esta brevísima escala en nuestro viaje, porque no nos gustan las carreras, y así era mucho más descansado el inicio de esta aventura que terminará en Irlanda, pasando por Edimburgo.

Toda la remodelación de esta área de la ciudad superó mis expectativas. Continuamos, al bajar de los jardines altos a la calle, tomamos la que nos conduce a conocer el edificio recién estrenado llamado La Vasija, es decir The Vessel. La caminata para llegar a la explanada del edificio Vessel, la llevamos pausada y compartiendo enormes escarpas escalonadas que, para mi sorpresa bastante limpias, aunque no todo está así y eso es triste. Vessel es toda una novedosa construcción que tiene la forma de una oruga, (al menos eso me pareció a mí) nos comenta Re que hay quien hasta lo ve como la forma de los trompos de carnes que se arman en las taquerías mexicanas. Es por eso mismo que nos encanta saber que cada cabeza, sí que es un mundo. Cada quien ve lo que quiere, pero lo que no se puede soslayar es que es muy diferente y moderno, un mirador de destellos cobrizos reflejando los edificios aledaños.  Como quiera que se le llame, su forma es muy interesante y novedosa.

 Después de comer por esos rumbos, nos dirigimos a tomar un postre en el Starbucks de la Quinta, pletórico, tan lleno que apenas cabe un alfiler; es claro que hay muchos noveleros como nosotros que queríamos estar en ese mismo y exacto lugar, porque a decir verdad es lugar preferido de muchísimos jóvenes hoy día. Nosotros, los tres, amantes del buen café siempre elegido en nuestra ciudad más bien un frapuchino, hoy lo que todos elegimos fue uno bien caliente, -por favor y con leche de coco-. Pensando que ante el gentío de los días de asueto no encontraríamos lugar, el destino siempre tiene un secreto bajo la manga y esta vez nos tocó por algún albur que se nos despejara en el momento exacto un tremendo ventanal de límpido cristal por el lado de la avenida lateral, veíamos el cruce. Viendo las dos calles disfrutamos de otro rato de observancias, literalmente para dar un vistazo de pájaro y caminar un poco por ahí. Sentados tras el vidrio enorme que nos separa de los transeúntes uno puede apreciar a cada ser en su ser, es decir el que camina despacio, el que va de carrera como si la vida misma se le escapara, otros cuidando niños que corretean ya que es en realidad un aglomerado conjunto de seres tan variados, que impacta. Tipos de peinados exóticos, así como mujeres rapadas, niños que gritan, padres que cuidan y nosotros que nos tomamos el postre para poder tener la energía de continuar. Si, a solo unos 300 (trescientos) metros de ahí vamos en busca de un parque, el Parque Bryant. Ya localizado lo gozamos desde la acera de enfrente y poco a poco llegamos a la esquina para atravesar, hay que descender por una pequeña escalinata y sentarse en alguna estratégica banquita porque los reflejos de todo este sitio se duplican en los espejos de los edilicios que lo circundan. Muchísimos árboles aun secos, pero tremendamente artísticos con sus ramas desnudas al viento, negras algunas, otras más verdosas y algunas más bien blancas. De pronto en pequeños reductos y fijando la mirada uno puede observar un retoño que pronto solo dirá, -aquí estoy-. La capacidad de los árboles en esos entornos tan urbanos siempre me ha asombrado, el otro día escuche que más que alimentarse del suelo o del agua que a veces escasea, ellos tambien toman su alimentación del aire, asunto totalmente asombroso y vaya que se estarían alimentando porque el viento sopla ahí, sin pena ni gloria.

No queríamos volver muy tarde al hotel porque tendríamos que reorganizar todo para nuestro viaje trasatlántico del día siguiente. Saldríamos en la noche, pero como hay que llegar temprano a los vuelos y más si son de 8 (ocho) horas o más, pues tiene lógica. Conmigo siempre va un pequeño librito de mandalas para colorear y ahora mi asombro es que en las salas de espera renovadas de los aeropuertos y hoteles hay mesas comodísimas (de las que las sillas están fijas en el suelo, y que bueno porque seguro habrá ociosos cambiándolas de lugar) en donde uno conecta el celular para esperar que se cargue, y yo cargo energías sacando mis colores que llevo bien escogidos en una sencilla y pequeña bolsa, ahí dentro de lo de mi bolso personal. La encargada de todos los checks es la Re, no podemos tener mejor acompañante, me sentí segura todo el tiempo y agradecida, porque esos menesteres son fuertes hoy día, ya que todo es digital, casi hasta las maletas ya las quieren convertir en hologramas, ¡solo eso nos va a faltar!.

Hora de la despedida de la gran ciudad. Mientras vemos a algunos citadinos volver a sus casas departamentales ahí cerca del parque, pedimos el Uber que en menos de que uno cuelga el teléfono ya está esperando. Decir adiós a todo este circuito y haber entendido que a veces los cambios vienen para mejoras, es un hecho palpable.  Salimos a Edimburgo al día siguiente. (Seguiré con la reseña de los otros sitios).

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario