lunes, 2 de febrero de 2026

 

Edificar, el día a día. (6)

                                         Entender la caridad humana como esa virtud teologal de la que se nos habla, es algo que solo cuando se percibe en la vivencia, es que nos deja fruto maduro. MJ

                                         Tal vez algunos de nosotros cuando fuimos niños percibimos de alguna manera cómo nuestros familiares o nuestros mismos abuelos y padres ejercían las acciones caritativas. Mi abuela materna, tenía a sus pobres familias establecidas a las que con cierta periodicidad y constancia se les visitaba y llevaba despensas, así como algunas veces escuché que por necesidades extras se les daba dinero en efectivo. Las más de las veces la caridad se asocia a dar algo material, bajo la tutela de alguna institución que regula las dadivas y claro que si son bien encaminadas es seguro que lleguen al fin por el que fueron entregadas. En lo personal lo viví de muy cerca porque mi madre pertenecía a una sociedad llamada La Conferencia de San Vicente de Paul, que entre otras cosas hacia colectas monetarias en alcancías que se hacían con latas vacías que se reutilizaban para ese fin, pintadas de naranja muy vivo a las que se les escribía con letras negras: -Donativos para San Vicente-. Me toco pintarlas, así como acompañar a mi madre a dejarlas en lugares estratégicos de la ciudad y luego ir por ellas para entregar en la iglesia lo recolectado. Esos letreros con pintura de aceite negra y a mano libre, nos encantaba hacerlos a todas las niñas a las que se nos invitaba a tal labor y nos divertíamos ayudando a las madres de familia de ese grupo haciendo algo que no entendíamos del todo. Mas claro nos iba quedando todo cuando un día a la semana (creo que era los miércoles) una de las señoras de nombre Leonor, tenía una explanada muy grande como entrada de su casa por el rumbo de Itzimná (Parroquia que apoyaba a estas labores) abría la reja de par en par y por todo el camino se ponían sacos y más sacos abiertos de lo que las señoras llamaban -La mercancía-  ¡-Vamos-! nos decían sin reparo, y algunas de las niñas, cuando después de comer ya habíamos hecho las tareas escolares se nos convidaba a ayudar. Era una dimensión de un acatar sin chistar porque las mamás estaban convencidas de esa buena acción como ayuda.

Por mis estudios Antropológicos escuché ya en la juventud, que lo peor es el asistencialismo. Ese dar solo por el prurito de entregar sin más, pensando que se ayuda y esa visión me hizo reflexionar, creyendo que eso que viví de niña era absurdo. Hoy día ya encontrando el justo medio, me queda claro que sí se ayudó dando el pescado en vez de la herramienta para obtener el pez. Era otra época y situación social, en la que las mujeres en situación vulnerable (abandono, viudez o maridos desobligados) sí que estaban a la buena de Dios. No había ni rastro de guarderías y en las casas habitación no se aceptaba a niños pequeños conjuntamente con el trabajo doméstico.  El asunto de entregar indiscriminadamente puede llevar a la falta de conciencia de quien recibe, pero cuando se da con la mejor intención y de corazón creo que no hay duda de que cae en terreno fértil. Extender la mano y recibir a veces hasta sin sentir agradecimiento, puede hacer que muchos se tiren de panza, es su problema. Gracias a Dios, en tiempo actual ya hay más cultura del trabajo entre la gente más humilde, y no me queda duda alguna que, por supuesto haya vivales siempre, pero lo que aprendí de niña es que cuando puedes dar porque tienes la posibilidad y lo haces, es mejor pensar que estas apoyando y que la persona lo va a lograr entender así. Ya si es un asunto de viveza y todo se malogra, queda como un asunto de conciencia, y nada más. No podemos controlar esas desviaciones humanas tan vigentes. En esa década de los años 60(sesenta)a las señoras muy humildes se les daba todo lo básico para la despensa. En fin, hasta lo discutí con mi madre varias veces ya de adulta, diciéndole que ellas eran las que más se beneficiaban porque concretaban en su conciencia que eran muy caritativas haciendo algo así y lo bueno es que después lo volvimos a hablar y comprendí que, si bien las señoras dadivosas eran las más felices de dar, así como para nosotras como niñas ver la felicidad de alguna mujer muy humilde llenar su sabucán de bolsitas de granos para el sustento diario, fue bueno. En mí, quedó grabado para toda la vida. A fin de cuentas, se les estaba dando en especie.

Hoy día, he escuchado que pasa lo mismo con las ayudas del gobierno, que mucha gente dice que es lo peor. Yo creo que sí lo es solo y cuando otra vez los vivales hacen su agosto y el mal uso de los recursos es palpable, mas no hay que perder de vista a gentes que sí necesitan en verdad ser ayudadas porque no pueden obtener el sustento de otras maneras.

La pésima conciencia del trabajo no ha ayudado para entender el valor de hacer por uno mismo. Tampoco cualquiera se avoca a ser caritativo. No hablemos solamente de lo que es la caridad física y en especie y cuando es dinero contante y sonante muchos tal vez lo reciban sin merecerlo, es asunto de quien recibe mal. Existe otro aspecto de la caridad: El de la dimensión espiritual.

Callar a tiempo. Saber percibir a una persona que no debe escuchar tal o cual cosa y no decírsela. Saber cómo en momentos una buena palabra o un buen gesto darán en el blanco de algo que alguien necesita escuchar. Eso es caridad también. Saber que hay temas que se tocan y otros que no y así con mil cosas más. Hay personas que prefieren donar materia y dejar los trabajos del espíritu a otros. Claro que no es fácil la parte espiritual de la caridad, porque como nos dice el diccionario de la Real Academia:  -Solidarizarnos con el sufrimiento ajeno-, ¡nada fácil!, luego se nos dificulta porque de entrada a veces vemos sufrir a alguien y no podemos hacer nada concreto, más que acompañar. Hasta que el ser lo pida, y en segunda ¿Será que todos estamos preparados para sostener al que sufre, suspendiéndolo un tanto de su dolor? Quién sabe. No es nada fácil ese trance, esa acción concreta.

En el catolicismo la caridad está ligada al precepto que se oye bastante fácil: -Amar a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo-. Tampoco es tan sencillo como se escucha. Amar a Dios por, sobre todo, me lo puedo imaginar, pero la verdad en la práctica me cuesta observarlo contante y sonante. Cuando va de por medio la estabilidad emotiva y más lo material, no solo es cuestión de quererlo o pensarlo es cuestión de saber cómo eso mismo se asienta en la realidad. En cada caso, siempre hay pormenores que considerar, que avalar, para saber si no estamos fuera de lugar y amar al prójimo eso sí que tambien se puede volver harina de un costal bastante rígido, polvo que no se espolvorea por aquí y por allá.

Practicar la caridad tambien lleva una buena dosis de respeto. Hay que saber cómo y hasta donde estaremos dando pie a socorrer a quien lo necesita. Otra vez volvemos a la máxima ya tocada antes: No es dar por dar, ni recibir por recibir.

                                                                   Tambien se puede practicar lo caritativo hacia nosotros mismos y saber mejor qué pasos lleva quien camina a nuestro lado.

 Una máxima que me proponía en estos días que releo era: Tratar de vivir un día a la vez. No dar vueltas y vueltas a los asuntos como otras veces hemos analizado.

No hay tal de que unos días sean más especiales que otros. Lo que, si hay, son días en que la actividad demanda más y salir de nosotros mismos no es fácil.

 En el inter de los estudios juveniles, viví unos días en casa de una muy buena amiga en la CDMX. Su madre, D. Luisita, hacia una encomiable labor en un lugar para invidentes y yo le acompañé, fue una gran experiencia. Una señora bondadosa a quien aprecié mucho, traducía libros al braille para esos seres tan especiales. Me sentí muy feliz un día que regresé de las compras y traía un libro entre las manos que compartí con ella, titulado: -Yo estoy bien, tú estás bien-, estaba de moda. Ella me lo pidió y fui la más feliz de dárselo, lo traduciría.

Dar

Nosotros en el día, nunca el día en nosotros.

Sentir el día.

Esa ola de vida que llega.

Luz tenue de amanecer.

Amarillos, naranjas leves.

Amarillos con movimientos de luz.

Coloración plena.

Nosotros en el día, nunca el día en nosotros.

Saber escuchar.

El aire canta.

Las palomas murmuran.

Matices varios. Dar.  MJ

                                                                         El amanecer siempre es evocador. Es como sentir la limpieza del aire en la cara, para ese dar los pasos con más firmeza. Es la hora que en las épocas de las edades maduras las cosas se resuelven con mejor sentido, sin mayor apremio. A quienes nos gusta madrugar, es un gozo.

Tambien, volvía a repasar el Diario personal de José Saramago. Diarios que van y vienen de entre mis manos. Cuando los reviso me dejan perpleja, tal vez para volver a ellos buscando al personaje más completamente entero y sabiendo que aun en SU diario personal nadie se manifiesta total, somos partes enmendadas, somos seres que nos autoconstruimos y revolver en las frases de quien hace un diario hacia la propia hechura de vida, es sentir como que se nos da la mano, comulgar.

Reconciliarnos con la vida es por momentos la tónica del diario personal. Es ese ir y venir por los tópicos conocidos y que con premura creemos ya resueltos y vuelve a saltar la liebre de lo inconcluso, de lo que aún nos falta por resolver, aunque de pronto hasta nos hayamos carcajeado de nosotros mismos. Para los escritores de diarios personales, se ha convertido el asunto en un como respirar por dentro para vernos por fuera, hay días que no se escribe y eso nos empuja mucho más a tener muy en cuenta cuando nos volveremos a sentar en ese banquillo de las confesiones personales, de los dichos hacia uno mismo con el único y claro anhelo de poder practicar la mejor actitud, como lo es saber ser caritativos, con uno mismo, con el otro, con el que nos necesite en sus términos, porque quien no se tiene asido de sí mismo ¿Qué podrá aportar a quien le necesite?

Nunca dejar de percibir que lo redondo del día es clave para la satisfacción completa. 

Pinté un cuadro titulado -Alegría de vivir-. Fue para una de mis más grandes amigas que además somos primas porque nuestros bisabuelos fueron hermanos, y hemos sido cercanas desde niñas. Íbamos cada una a los cumpleaños de la otra, en mi caso siempre muerta de miedo porque ese convivir en grupo grande de personas, siempre me ha traído un redoble de campanas por dentro, porque me encanta, pero a la vez me es difícil. Hice el boceto lleno de colores, como yo percibo la alegría y aunque no quedo del todo fidedigno (En lo personal el asunto abstracto de mi obra plástica lo planteo de antemano, luego toma sus propios caminos el movimiento de la forma y del color). Así se dio. ¡Debemos ser alegres al vivir!, esa es la encomienda.

El ánimo, ha de estar siempre de pie. No se le puede pedir que se siente y observe nada más, ahí reside el baluarte de todo nuestro ser.

En estos días que releo me sentí muy bendecida de que mi hija que llevaba varios años viviendo en Cancún me invito a pasar un tiempo con ella. ¡Que gozada nos dimos la una a la otra! ella por permitirme estar acompañándole cada día en el proceso de madurez y más segura de sí misma y yo pasando unos días diferentes. Sacudir un poco los polvos que se acumulan por aquí y por allá, siempre es positivo.

Bendecir los momentos que a veces sin esperarlos, nos entrega la vida. Saber que, si hay que ajustar planes lo podemos hacer con premura y sin resabios de dolencias, que a veces postergan. Practicamos la paciencia la una con la otra, comprendí como ella, una niña, luego una joven y en estos días prácticamente una adulta, siempre ha sido fiel a sus caminos y a sus intuiciones de vida. Cómo encontró poco a poco el nicho vital que le haría feliz hasta nuestros días, me llena de orgullo. Dar de la manera elegida y escogida, preferencias para que los caminos de Dios se abran a toda experiencia, lograr poder aportar siempre.

Los hijos, se pueden convertir en catalizadores puntuales de los padres. Solo de observarles, tener claro como resuelven sus asuntos y nosotros al quedarnos con una paz tan redonda, ni movernos para no cambiar nada. La vida es así, es movimiento que a veces nos tira, nos recoge, nos zarandea y zamarrea y luego nos aquieta, para regresarnos al mismo lugar de antaño.

Me llevé mis libros favoritos, básicamente de la obra de Virginia Woolf. Fue cuando releí ese diario personal tan genuino, dándome tiempo para marcar algunos párrafos encontrados y comentados hoy. Así, los reencuentros tambien nos dignifican y nos dan fuerzas para continuar. (Continuará).

 

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario