Diario vivir, Razón y Orden. (15)
La palabra es fuente de malentendidos.
El Principito.
Antoine de Saint Exupéry.
No por mucho madrugar, amanece más temprano. Tampoco por mucho
escuchar, tendremos todos los significados.
Cuando nos damos cuenta cabal de las palabras, de las
cosas o de las acciones, siempre hay variedad de acepciones. Una sola palabra
puede llevarse variedad de tiempos para revelarse, en sus significados, en el
potencial de lo que expresa.
Puede ser tan grandilocuente el plan de Dios, que a veces
se nos escapan momentos preponderantes y diferentes, que pueden ser especiales.
Cabe dentro de la normalidad que eso suceda, ya que, si estamos corriendo y
resolviendo lo de la vida de cada día, es que se nos puede pasar por alto,
pausar. Dar pausas, es un don. Pausado el camino, la vida se convierte más en
gozo que en resolución. Y, si somos fijados, no tendríamos porque solo poder
hacer lo que nos cuadre, la vida tambien puede ser redonda en la creatividad.
Si se aparece la temporalidad a otro ritmo, entrar. Aunque por momentos quisiéramos
más un tiempo cuidado y sin vaivenes. Para esto mismo, el orden es la columna
vertebral.
Es tan claro que es así, que la máxima que expresó Jean
Goodall, fue esa misma: Decide cómo y cuándo quieres hacer las diferencias.
(paraf.). Las propuestas en la existencia se nos pueden presentar veladas y ni
cuenta darnos de la sazón que traen al llegar. Cuando creemos que ya no
tenemos tiempo..., que no se da lo que pensamos, es claro que la vida
sigue proponiendo, y la parte existencial es la que solo se da a voluntad.
La conducción de los eventos dará
mejores frutos cuando podemos prever, aunque a veces lo inesperado llegue. Forzando,
es difícil lograr. Los caminos llevan sus propios ritmos y ni que decir los
idiomas, los modos y las acciones. No en vano se habló en el libro sagrado, La Biblia,
de la torre de Babel. Con seguridad se refiere a que hay que hacer caso de los
significados, del fondo de las palabras, los gestos, y como se ven afectados
los actos humanos.
Hace unos años en una Navidad fuera de casa y fuera del país, nos
encontramos con que la búsqueda de una iglesia católica cercana era difícil, al
comentarlo, no perdimos la esperanza.
Se trataba tan solo de atravesar la calle del hotel en el
que nos alojamos, mas, tuvimos que tomar esa decisión conjunta. Entrar a un
templo metodista, fue lo que nos propuso la vida. Por la tarde mi marido buen
caminante, salió y dio al clavo.
Regresó entusiasmado: Se nos dará estar en un ritual
diferente esta Navidad, nos dijo. Extrema
amabilidad encontró por parte de la señora/sacerdote del templo, sí habría lugar
y tiempo para invitados. Estar presentes ante un altar sea cual éste sea,
siempre es digno, optamos por esa experiencia, aunque tal vez fuera una sola
vez. Sin forzar, los tiempos de Dios aparecen y no siempre como los pensamos.
Así pues, nos
decidimos a participar en lo posible y más que nada a reconocer. Y, en esta
experiencia, no solo pudimos dar gracias de una Navidad más, sino percibir
otros modos de discursar este tan importante acontecimiento del Dios en el que
creemos. Cuando las cosas no nos van como pensamos, la brisa fresca,
llega.
Y, llegó.
Ese día, nos habíamos preparado para una cena acordada en
el mismo hotel y aunque teníamos claro que eso no era lo más importante del
celebrar, hacer ese momento especial fue algo muy diferente a lo de cada año,
en tales fechas. Esta vez el Nacimiento de Cristo fue con otros momentos, muy circulares.
Distintos.
A la caída de la tarde casi noche, llegamos a la enorme
iglesia gótica. El olor grandioso lo
daba el incienso en todo su esplendor, tal vez un tanto diferente al que
acostumbramos y eso fue genial. Nos recibió una mujer muy amable, no la misma
del momento temprano, mas de igual manera nos hizo sentir bienvenidos y nos
condujo a unos asientos destinados a los visitantes. Buen lugar para la
perspectiva de todo. Teníamos el altar muy claramente de frente y fue todo un conjunto
de vivencias, de esas que nos marcan para bien.
Los fieles
participantes, los que eran nuestros compañeros de banca, sonrientes y amables,
con indumentarias modestas y acomodados en silencio. Nadie estaba de luces,
se percibía recogimiento interior.
La música del organista se hizo presente muy
tempranamente y lograba infundir armonía especial. Muchas iglesias del mundo
han tomado la música como un imán que invariablemente invita, mas ha de ser con
cuidado, para que no distraiga de más. Los fieles cantaron y nos invadieron con
sus voces, de niños, de adultos. Lo importante es saber que el canto solo es
parte, no así la música sacra. Un servicio religioso se da más intenso con la
melodía gregoriana y así lo comprobamos.
No se puede perder
de vista que todo es más que nada es para honrar, a Dios. Esa honra, no necesariamente es emotiva, mas,
sí es singularmente acogedora. Si la música es disruptiva o muy intensa, lejos
de acoger al alma, le dispersa.
Así, dispuestos y observantes pudimos notar que, en la
entrada principal del recinto, se abrían las enormes puertas para una procesión
parsimoniosa y bien llevada, una de las oficiantes, que encabezaba, vestía
túnica blanca muy elegante y llevó entre las manos un gran crucifijo en báculo dorado.
Serenos, todos los demás concelebrantes le siguieron, pausada era la distancia
entre ellos, caminata sencilla.
El báculo fue dispuesto en un lugar especial en el altar.
La música en el momento que todos llegaron al centro sagrado del templo, tomo
otros tonos, más ceremoniosos. Acomodados en sus jerarquías los conducentes y
los demás atentos a escuchar. Participar tambien es saber el valor de los
silencios.
La mujer que dio el sermón habló de Shakespeare. Que
interesante fue ver la atención llena de silencio en todo el recinto, al mencionarse
la buena literatura. Es algo que uno no espera en Navidad. Dijo algunas cosas importantes
de la obra, que en verdad no entendimos del todo bien, en un inglés hablado muy
rápido. Luego vino una parte estupenda: El centro del discurso se tornó hacia
el burro del pesebre. Ese personaje sencillo y necesario a todas luces, el
aliento que cuida sin ser demasiado llamativo, presente, eficaz y casi
imperceptible en la misión que le toca en toda la redondez, no estaría completo
el pesebre, sin él.
Al concluir el sermón todos de pie cantaron a coro. Acompañamos
todos a nuestra manera, para pasar a celebrar el ritual del día especial.
Bastante emotivo
todo, que, aunque sabemos que no es el sentimiento ideal para concelebrar y
celebrar el nacimiento de Cristo, para nosotros sí lo fue un tanto, por la
misma situación diferente. Ese nacimiento no se queda en emoción, es renovación
interior, serenidad que se renueva, más digna que tan solo emocionarse.
Salimos congratulados. También asombrados de cómo ese pequeño
animal que calentó al niño Dios en el pesebre, tomo de pronto protagonismo. Se
hizo hincapié en la sencillez del calor de la vida, de cómo la presencia del más
humilde es parte actuante en el todo que se concibe para el equilibrio. En ese momento
la armonía tan redonda de ese pesebre se hizo muy significativa.
Cenamos, no solo con el buen sabor de las viandas elegidas
en especial. Al no ser tan tarde y ver acción moderada en las calles, la vida
navideña se nos mostró distinta. La encontramos en el gozo citadino de
transeúntes y caminantes. Pudimos pasearnos por otros hoteles, gentes entrando
y saliendo. Dar una corta caminata.
En este mismo viaje tuvimos otras experiencias varias,
que he anotado en mis libretas de vida, extensamente. Una fue, cuando un
taxista decidió compartir con nosotros parte de su vida personal. Estos asuntos
de conversar con extraños a mí me hacen el día, son una total felicidad
para mi alma. Ninguno de mis tres familiares lo ve así ni por asomo, claro que
es cuestión del carácter, y ni modo ellos tuvieron que apechugar. La
platica entretenidísima, seguro que la propicie yo misma, para recibir
pellizcos de inmediato y que yo cerrara la boca, asunto que no se dio porque el
hombre se encarriló como buen ser humano conversador (y que yo entiendo al
máximo) y nos contó cómo se dio el segundo gran amor de su vida. Había
enviudado, y de pronto se encontró con su exnovia; esa que lo fue a los catorce
años de edad, en el high school. -La vida te da sorpresas Mariana-,
como bien dice la canción de Alberto Cortés.
Entramos al museo
The Legión of Honor. Le pedimos al buen hombre que si podría volver por
nosotros en tiempo determinado, y así fue. Es obvio decir, que a mí me pusieron
un tapón en la boca y un -prohibido hablar- en el retorno. En el camino de vuelta tan solo conversamos
entre nosotros, voz baja y tópicos en español.
En partes del museo nos dividimos. Estos recintos grandes
son para elegir lo que más nos interesa. Había unas bolas enormes de estambre en
colores varios, que hablaban por sí mismas, del valor de tejer a
mano. Darle un lugar a eso que nos permite percatarnos que cuando hay habilidad
para algo manual, esto es grandioso.
En San Francisco California,
hay mucho que ver y nunca se acaba lo que las calles con subidas y bajadas proponen.
Hay que tener condición especial para no agotarse, los jóvenes la tienen por
natura, los adultos la llevamos más calma. También fuimos por el rumbo en donde
está la casa, en la que se filmó la película -Guess who ‘s coming to dinner-
Con Sídney Poitier. En vedad que para mí
esa peli resonaba lejana, mi esposo que la vio y la tenía más fresca en la
mente, nos contó de nuevo la historia del tema: la joven casadera se había
enamorado de un joven afroamericano y temía presentarlo a sus padres. Asunto que
sería una historia más llevadera hoy día. En eso, ya avanzamos.
El día 28 de diciembre, que aun andábamos por esos
rumbos, salimos a dar algunos paseos en los tranvías de la ciudad, tomando el
que estaba muy cercano al hotel. Cual fue nuestra sorpresa que ese día todo ese
servicio era gratuito, ya que se cumplían los 100 (cien) años de los trenes, así
que fue más interesante de lo previsto, y nos subimos y bajamos a nuestras
anchas. Ver la ciudad desde esos recorridos es grandioso, en lo personal me llama
la atención el caminante.
El día 29 de diciembre visitamos la prisión de Alcatraz,
hoy museo. Me impactó que, en las celdas,
los reclusos tenían un pequeño mundo personal bien armado. Al que le gustaba
pintar, pintaba. Vimos obra plástica significativa. Las celdas encogen el alma,
no puede uno imaginar cómo es posible que ese espacio sea tal, para un humano.
Recintos mínimos. Yo, que soy amante del
tejido de crochet, me quedé pasmada al ver las mantas en las pequeñas camas ¡hechas
por los mismos reclusos! como un homenaje a esas manos creativas, aun en el
dolor. El ser humano tiene ese potencial,
cuando lo observamos tal cual, se renueva una parte de la esperanza.
He de aceptar que me gusta viajar, mas, me cuesta tomar
la decisión. Doy gracias a la vida que siempre hay alguien que me motiva y es
nuestra hija que ama hacerlo. Siento que no me anima como algo de primera
instancia, eso de salir. Es claro que solo poner el pie en un lugar a conocer
nos revitaliza todo y nos renueva.
Tengo que decir que no es mi actividad preferida. No se
puede negar que al volver a casa esa vuelta nos afianza la redondez y aun
con cansancio físico y mental, motiva a seguir, lo del diario. Con mis padres
lo hice mucho por la República Mexicana, en automóvil. Conocí algunos lugares
de la unión americana con frecuencia, la hermana de mi padre ahí vivió mucho tiempo.
En estos mismos días de cierre de año, conocimos en el
área del monte yucateco en donde se estableció el Museo del cacao. En el monte
seco de la península notar los plantíos de cacao es todo un espectáculo. Siempre
hay flores campiranas que viven aun en clima seco, me cautivan, podría decir que
son mis preferidas.
Leí un libro maravilloso de título: -La presencia
ignorada de Dios- de Viktor Frankl. A este autor, que le pegó fuertísimo el holocausto
nazi, se le conoce por otros títulos, así que éste me resonó. Es un ser humano
con mucha conciencia, porque ante todo él tiene claro que, gracias a su
fortaleza y creencia en Dios, tuvo la fe fuerte y nunca perdió la esperanza, sobrevivió
en esos lugares de muerte casi segura.
Uno mismo, para entonar el interior una y otra vez, nunca
hay que perder la confianza en Dios, esa que nos acompaña y es un hecho que nos
da fortalezas. No se quienes querrán
quedarse para siempre en el mundo terrenal, mas mientras se averigua lo del
cáliz, vivamos con agudeza de espíritu.
La circularidad conlleva sin duda alguna, el
entendimiento de Dios. Creo yo, que los que niegan, lo hacen porque no saben
distinguir esa presencia. Así lo afirma Frankl, en su libro. Las curvas de la
vida dan sentido. Me encanta que he escuchado a seres decir que son ateos, gracias
a Dios. La luz, es inesperada a veces.
El mandala, es tan solo la muestra física de lo completo.
Esa figura nos permite entender como el vacío siempre tiene figuras internas,
exacto como el alma humana las encuentra y se enriquece, en la vida de cada día.
(Continuará)
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