jueves, 6 de agosto de 2026

 

Que bien Diario vivir, razón y orden. (13)

                                                 Si descubres que te has puesto los zapatos al revés, siéntate con calma y enderézalos.  Mari Tere.

 

                                                                       La mayoría de nuestras madres eran de dichos y más dichos, que nos soltaban a tutti plen, y sin preámbulos. Que bien nos venían esas muletillas, porque la verdad, tal cual: nadie puede hacer por nosotros lo que no hagamos nosotros mismos.  Ellas, las madres que lo fueron a mediados del siglo pasado, estaban convencidas de que, a los críos, las creencias se les habrían de dar de viva voz en el transcurrir de los hechos cotidianos y en mucho porque la máxima esperanza estaba en el aprendizaje familiar, pocas mujeres tuvieron la oportunidad de estudiar alguna profesión, por lo que les era más difícil pensar que de fuera de sus ámbitos pudiese darse el real conocer. Si la universidad era más que nada para varones, para ellas era tomarse muy en serio eso de los refranes. Fueron mujeres muy prácticas las del siglo pasado. Casi nunca se andaban por las ramas, y sus contundentes modos de decir, nos marcaron a muchos.

 Mujeres de un siglo de cambios drásticos y que jamás pensarían en meterse en camisetas de once varas; el bien y el mal eran asuntos menos complejos para ellas, se daban con claridad meridana. La religiosidad no se practicaba aunada a las razones y menos a las que la forman de fondo. Los preceptores que formaban parte de las familias, daban lecciones acompañadas de cariño a los niños y consejos a las madres. Los padres, ocupados en proveer más que nada la parte material, se asomaban con cautela a los asuntos religiosos, aunque sí conocí algunos varones de misa diaria. Era una religiosidad que llegaba casi sola, y se tomaba con lo que cada quien tenía y podía, casi por inercia. La religiosidad que llegaba para volverse vivencia, era más rara, más bien se cumplía el ritual. Difícilmente se cuestionaba.

Muchos de nosotros sí nos preguntamos en su momento, como se aplicaba todo lo aprendido, queríamos saber un poco más de ese fondo sustentante.

 Hubo momentos en que la religiosidad dejo de resonar. No parecía estar asentada en buenas razones, que ¡claro que las tiene! y solo pocos las encuentran. Llegaban las ideologías universitarias del momento a hacer chuza en las mentes inquietas, y todos o la mayoría de quienes pasamos por ahí, las estudiamos.  Con la misma redondez que caracteriza a la de la existencia humana, el péndulo de las buenas creencias oscilaba y lo bien aprendido volvía a tomar centralidad en nuestras vidas. Yo, en la Antropología aprendí muchísimo y tambien desaprendí. El unto de la magdalena, eso que se creía que resolvería todo, al fin nos dimos cuenta que no existe, es el criterio junto con el buen filosofar lo que acerca a los principios. El conocimiento se asienta de a poco y de diferente manera en cada quien. Eso, es bueno.

 Algunos de los jóvenes, que lo fuimos en las medianías del siglo pasado, percibimos que la realidad a seguir estaba en otros lares y no en lo que había.  Todo se puede profundizar antes de rechazar, pero cuesta cuando a la juventud parece que le sirve más cuestionar, que aceptar. Hay que estudiar.

 La juventud tiene ese corazón inquieto del que habla San Agustín. La buena cabalidad y principios de vida que nos rigen, han de permanecer con inquietud siempre, lo que va cambiando es la índole de la esencia, del sentido. Hoy día, mucho más, ya que el mundo se debate tan ferozmente con las ideas de lo relativo. Estar abiertos a razones más profundas es lo más sano y lo mejor que nos puede pasar, para que la serenidad producto del pensar, llegue a asentar sus lares y rija.

El alma, en su sed de eternidad no nos deja nunca de pedir, crecer. Iván Ilich   encontró luz en el último momento de su vida, no importa cómo y en que dinamismo.  Percibir que hay avance, es idóneo. En sesión reflexiva del taller al que pertenezco uno de los integrantes dijo: -Si salimos de alguna homilía dominguera y nos dijeron lo que queríamos escuchar, sentiremos felicidad; si salimos inquietos con lo que se dijo ¡ese es el camino!, porque los principios religiosos no son animosidad o emotividad pasiva, son realidad razonada que se puede asentar en las vivencias.

La psico/filosofa Mariluz Barrera acuñó una frase contundente: -El mundo actual nos tiende a dejar sin piel-. De momento, ante tanto embate de pensamientos límite y de propuestas equivocas que quieren pasar como verdaderas, nos sentimos desnudos. El miedo a cómo se debe responder, opaca el camino de lo genuino del ser.  Responder en acierto, para permanecer en inquietudes de paz, es decir encontrar la paz en el movimiento mental que nos alimenta. Realmente sentir un camino propositivo, que la serenidad impere. Es posible, siempre y cuando se pueda atender a los razonamientos. Volver al corazón… cuanto sea necesario, propone San Agustín.

Algunos conceptos van dando la claridad, si así nos lo proponemos. Existe una banalidad del mal, que ha dormido en sus laureles a la moral. El, mal, no siempre es una zarpa de tigre que se aparece y desgarra, tampoco se presenta como un monstruo visible, son las mentiras que se dan como verdades. Esto último, es la esencia del relativismo que hemos venido mencionando.

Muchas cosas se justifican, porque son avaladas por la ley. Eso es limitado.

Otras cosas están unidas a las indiferencias naturales humanas, pero que son las que nos llevan por los caminos omisos, como cuando creemos que somos buenos solo porque vamos a misa. Son muchas las demandas del mundo actual, y es trabajo obligado de depuración: no todo nos compete. Hay silencios que matan.  Tomar por el cuello lo que inquieta y ocuparnos de convertirlo, hacerlo vida.

El mal, se puede normalizar y eso es mucho de lo que vivimos hoy día. Se han dejado pasar focos rojos que no se observaron a tiempo.

Cuando solo interpretamos la realidad, sin que observarla sea llevarla con razón y orden a la mente, tal vez respondemos a la fuerza de las ideologías con herramientas efímeras. Las respuestas se convierten como de bisutería: las que convienen, las que acomodan.  Sin ver todo lo conjunto de fondo, esa base de tener una metafísica completa que se ha perdido con el devenir de ideas falsas, nos hace vivir como si estuviésemos pensando a medias.

A Dios, no se le inventa. Dios es una manifestación que por desgracia no todos han logrado percibir y menos comprender con la total presencia del ser, en todo lo vivido. No solo está en el sagrario o en la oración, está en todo, hasta en la conducción y movimiento del día a día.

Aristóteles dejó bien claro: La verdad, está ahí afuera, no nosotros la inventamos.

La verdad, se posee a sí misma, no es parte del sujeto que la observa, éste está determinado por lo verdadero, lo importante es saber observarlo, verlo.

Se ha dicho mucho que los totalitarismos gubernamentales pretenden que mientras menos se piense, es mejor. Aunado a que nos da flojera hacernos de juicios reales, nos encanta lo que nos dicen y así nos ponemos el saco que mejor nos quede, esto es un tanto temerario, porque las verdades que no se sustentan en premisas absolutas y claras, son el caldo de cultivo de las distorsiones y la vedad se nos va de las manos como arena que fluye.

Hay una gran diferencia entre legalidad y justicia.

Hay cosas que pueden ser legales, pero no necesariamente son justas. Es ahí donde entra el criterio de una persona pensante y que necesitamos despertar en todos nosotros, no vaya a ser que nos salgan con silogismos equívocos.

Cuando un superior le pide a un subordinado que haga tal o cual cosa, existe la misma responsabilidad en los dos seres en el acto a realizar, nunca el que recibe la orden está exento de responsabilidad. El sicario que mata, cree que es su trabajo hacerlo y así se deslinda de saber que ha sido responsable. Ética dormida.

¿Recuerdan el refrán de nuestros padres que decía: ¿Tanto peca el que mata a la vaca, como el que le agarra la pata? Esto es real. Aun sin estar siendo parte directa del acto de una acción maligna, uno está involucrado con tremenda responsabilidad.

Aunque creamos que el mal superficial es menos dañino, toda mala acción repercute en todo, por pequeña que sea. La filosofa que estudió las acciones de los nazis, tambien nos dice: -EL mal, es como un hongo, pueda que no tenga raíces profundas, más se extiende rápido si encuentra las condiciones propicias- (paraf.)

¿Entonces?, el camino es:  si nos estamos dando cuenta en nuestro entorno de males menores, por ahí hay que empezar. Un ejemplo en pequeño: en casa se ha enseñado a los niños a detectar como mueve las orejas la gatita tan amada, y que quiere decir con esos movimientos. Si se le lleva a extremos, araña y muerde. Los peques preguntan ¿Por qué me quiso morder?, obvio que en primera se le explica la realidad: se le quiere mucho al animal, pero no deja de ser instintivo. También tener presentes señales que solo son evidentes si se conocen, cuando está tensa hay que soltarle, notar como mueve la cola, etc. En este caso concreto el niño sabrá entender que el animal no es un juguete inerte, es un ser vivo.

Respecto a los individuos que nos ayudan a cuidar los autos en la calle, a vece he visto que no se les quiere dar nada de propina, y ¡ese es su trabajo!, es claro que no siempre lo cumplen y no cuidan nada, pero habría que hacérselos ver, no dejar de dar la parte material que nos corresponde si hemos confiado en ellos.

Enmendar, es claro que no es lo mismo que resolver de fondo. Por algo se empieza. Lo sano, es sanar para avanzar. Las terapias no son solo porque si, dan caminos.

 He escuchado que hoy día en los seminarios, a los que serán sacerdotes se les hace pasar por terapias profundas, la psique afectada no puede guiar bien a nadie.

Se va escuchando en la sociedad actual, cómo el sistema nos quiere superfluos. Como si fuéramos intercambiables o prescindibles. Si lo vemos bien, ¡es un horror!, esto se ha dado porque mucho se ha dejado al ahí se va. Esta en nosotros mismos hacer la parte que nos corresponde, la esperanza no se pierde, así como así. Profunda, es la definición del mal que da San Agustín, y si somo cristianos convencidos, hay que tenerla a flor de piel. Y dice:

-El mal, no es una sustancia, ni un ente, ni una entidad real. El mal, es la privación del bien-. Por eso se nos pide no ser tibios y permitir la inquietud. Respondernos.

Esto es hermoso. Ya se nos está dando la pauta: Si sabes lo que te inquieta, a cualquier edad y momento, zanja esa duda, avanza. Profundizar, es lo que sigue. No somos todólogos, claro está, pero la parte de uno mismo no se puede dejar al garete. Obviamente no podremos jamás transformar todo el mundo, pero la parte de conciencia que nos corresponde, puede afectar para bien.

-Que cada ser, no perdamos el diálogo interno-. No es difícil, y si es muy necesario para dejar claro a los críos que nos rodean, que no estamos inventando nada.

Hay que tener muy presente la tecnificación de los lenguajes. Para que, en el decir, no sé de gato por liebre. Es importante el gato, tambien lo es la liebre, mas cada uno en su ámbito, por favor.

Es bueno poder saber en alguna medida al menos, de donde nacen las reflexiones. Es un deber defender lo que creemos, ante los embates de tanta mentira. Y no es tan solo salir a gritar con alta voces, es observar y en lo pequeño, actuar.

Lo sobrenatural no es magia, es observancia de la gracia.

Definir la sanidad puede tomar mucho tiempo de reflexión, que lo vale. No solo nos incumbe la sanidad del cuerpo, siempre observar mejor los lenguajes.

 El cómo nos conducimos entra dentro de los perímetros de lo sano. Se nos manifestó con las madres del siglo pasado que tenían ayudantes tan responsables como lo eran ellas mismas. De niña tuve unos primos que fueron como mis hermanos. Ya de adultos no nos frecuentamos tanto. Eran dos varones y dos mujeres. Todos entrabamos por igual en el mismo saco, del orden que se nos proponía, sin chistar. Ellas, se fueron más pronto de este mundo, Las extraño mucho, crecimos juntas.

 En casa de mis primos siempre el personal de servicio fue amble, había dos personas en especial, una madre y su hija, venidas de Belice de piel morena. Eran parte de nuestra educación del día a día, nos enseñaban y acompañaban en cosas tan sencillas como que había que lavarnos las manos antes de ir a la mesa, como habríamos de comportarnos sin pleitos a la hora de comer y como la madre hacia el dulce de leche como caramelo más delicioso de la creación, todos queríamos que nos tocará el recipiente más grande, la porción mejor. Vivencias, buenos recuerdos.  Aprendizajes. A las niñas nos peinaban con paciencia, lazos enormes en el pelo y los varones salían bien engominados con esa gomina verde para el pot, (copete en maya) mas, lo importante fue la gracia inmersa en ese actuar, lo ordenado se daba como si nada, y no había protesta ni argumentación absurda. (Continuará).

 

 

 

 

 

 

 

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario