miércoles, 25 de marzo de 2026

 

Edificar el día a día (16)

                                        A veces no hay inconveniente en dejar el trabajo para más tarde.

El Principito.

 

                                       Todos los seres humanos durante el tiempo de nuestra vida terrenal, tendremos que aprender a valorar la temporalidad. No es asunto sencillo, ni como la nombramos y ordenamos dependiendo de la cultura de que se trate. Es en la mente en donde reside el juego temporal, en realidad el tiempo es un valor que se nos ha dado para regular las actividades y somos nosotros y nuestra implementación de lo que percibimos lo que nos rige. No es lo mismo el tiempo de quien vive en el campo y de quien vive en las grandes urbes. Todo lo relativo al tiempo no nos incumbe directamente, aunque así lo percibamos, es más bien el acomodo que logremos ante las acciones, es por eso que apenas empieza nuestra vida a ser rutinaria y con conciencia de los tiempos y los momentos, cuando se da lo óptimo para la realización de las actividades y es cuando vamos siendo presa del reloj, que solo es un ordenador y no dueño del tiempo.

Cuando caemos en la cuenta que nuestro tiempo terrenal es limitado, volvemos a tener presente que el tiempo está de nuestro lado, y con el paso de los días esto hasta nos podría llevar a valorar mejor esa categoría tan presente y a la vez tan diferente en cada área del mundo. Creo que todos tenemos claro que es un lapso nada más el que pasaremos como personas físicas en esta dimensión y desempeñándonos como humanos.

En los primeros estadios de la sociedad humana, los tiempos se marcaban por el movimiento de los astros y su relación con el sol, ayudando a nuestros ancestros a comprender porque se hacía de noche y como eran los ciclos naturales. Mucho se regía la vida con la temporalidad aliada a las cosechas, los tiempos se marcaban según los momentos para las siembras de granos, la recolecta de éstos y por ende la percepción de las estaciones anuales.

Es así como comenzaron los calendarios. La medición del tiempo siempre ha sido todo un tema de las culturas y cada grupo fue creando sus propios términos para esto. Los tiempos de las lluvias para las mejores siembras de los agricultores, la percepción de la época de sequías que tendría que haber obligado a crear los sistemas de regadío y todo lo relativo a que el tiempo siempre fuera un aliado.

                                                      El tiempo terrenal siempre ha sido un compañero que nos da la mano. Desde que entramos al mundo estamos regidos por la temporalidad, lo bueno es que en la infancia ni nos percatamos de su presencia, hasta que se nos escolariza y llevamos las rutinas que hoy día son mucho más demandantes que antaño. Recuerdo perfectamente cuando íbamos a la escuela caminando o en bicicleta, hasta nos íbamos encontrando con otros compañeros de otros niveles escolares y nos acompañábamos y como luego todo cambió, cuando ya se nos llevaba a diario en automóvil y hasta con el transporte escolar. Cada uno de estos momentos requería tiempos específicos. El sistema de ronda que es pasar por las casas de los vecinos y todos en un solo automóvil, turnándose las llevadas por cada familia.

 Solo cuando la mente nos gana la partida y queremos hacer más actividades en menos tiempo es cuando nos vemos impregnados de esos apremios que muy bien sabemos a dónde nos conducen: a los tremendos brazos del stress. Son los pormenores absurdos los que de pronto suelen detenernos el paso…y hasta podremos llegar a sentir que la vida nos ahoga por faltar el tiempo, no el aire) y de pronto nos damos cuenta que es tan solo la percepción lo que hace la diferencia.

La mayoría de las tradiciones religiosas tienen en cuenta los tiempos terrenales para ayudar a los fieles a seguir vidas ordenadas, con una temporalidad bien comprendida.  Es una realidad que, si esto no se hace con buena conciencia seremos presa de la peor temporalidad, esa que nos dice: corre, porque no hay tiempo. O la que tanto hemos escuchado de nuestros padres como es: No dejes para mañana lo que puedes hacer hoy.

Muy puntuales estos dichos, pero no necesariamente aplicables en todos los casos. Los tiempos han de ser a la medida que aprendamos a ser puntuales (en vedad que creo que la impuntualidad si es una falta de respeto al otro y a nosotros mismos) y seguramente habrá más tiempo disponible. Todos habremos de aplicarnos en comprender que no son ni para todo el tiempo ni para todos los tiempos terrenales, las medidas de la temporalidad.

Cada ser humano tenemos una temporalidad que nos acompaña, la absoluta, o lo que es lo mismo la que nos hace sentir que estamos inmersos en el todo y que de ahí somos, y la relativa que es la de cada quien, regida por el tipo de cultura, de país y de familia a la que pertenecemos.

Una vez consientes de todo esto, podremos ante todo saludar a la temporalidad y hacerla de verdad una aliada. Sabemos que ni con los seres que compartimos cercanamente estaremos en la misma sintoniza de los tiempos de realización ni de actividades personales y mucho menos de las consensuadas para coincidir, por lo que si vale mucho la pena observarnos y ser más aliados de la temporalidad que nos toca y de plano se vuelve el arte mas sagrado saber de los tiempos personales, de como los utilizamos y que hacemos con el tiempo libre.

Todo está regido por la edad. Eso es un hecho que con contundencia no podremos negar.

Y tan solo con saber que la coordinación de los tiempos es la mejor manera de alejar el stress, cada uno de nosotros nos disponemos a coordinarnos, en primera con las obligaciones a cumplir para llevar una buena rutina y que esta misma se ordene a los tiempos de familia y congéneres.

Pues es así tambien que podremos ver con claridad los tiempos que tenemos para disponer nuestra vida, mucho más concretamente la del día a día, que es tan promisora de felicidad real, cuando sabemos que, si cada día es vivido a plenitud, ni duda quedará que no nos llegaremos a sentir como que algo nos hace falta.

Es parte de la vida humana sentirnos como con faltantes, y es ahí mismo en donde habremos de comenzar por subsanar esos sentires, que nada que ver. Es un hecho que no podremos cumplir todos los deseos, porque de entrada hemos comentado ya, que desear es un arma de doble filo, hay que cambiar los deseos por preferencias, y es el asunto clave de vivir con una buena temporalidad.

                                                   Cuando estudiaba la carrera vivía de carreras. Llegar a tiempo a la universidad y ni que decir a la primera clase de la tarde, cuando aprieta el calor en nuestros lares y vamos como derritiéndonos, nada fácil este asunto. No disponía de un automóvil personal, mi madre en su salida de diligencias vespertinas hacia la llevada y recogíamos a una compañera de clase en el camino.  Ahora esto sería un pecado mortal, ningún padre de familia conduce a sus hijos a esas alturas del partido de los estudios superiores, casi todos disponen de medio personal de moverse y tambien hay transporte universitario, ya son otros los tiempos del tiempo.        

 Hoy día, que vivo a tres segundos de una gran universidad, me queda claro que es otra la dinámica. La vida junto a universitarios que van como bólidos por las vías de comunicación son en verdad una temeridad, pero hay que aceptar que esa es la modernidad, y tambien tener claro que hay muchos más accidentes de automóvil. 

Y esos son los bemoles del tiempo, que se vuelve al son que le toca la vida de relación. Lo importante es que no nos gane la partida, aunque como dice el Principito: Si se puede dejar para más tarde lo que no es tan urgente.

Es el tiempo un aliado, sin duda alguna. Viene bien hacer un recuento de cómo nos ha sido la compañía de tan gran valor vital, recordar cómo nos ha cambiado la percepción y la utilización de las temporalidades que nos han acompañado.

Los tiempos de la niñez, en la que apenas comprendíamos ese valor. Los tiempos de la juventud cuando las actividades se hacían más apremiantes y ya el reloj en verdad era parte de la paz mental. En lo personal tuve mi primer reloj de pulsera bastante grande, creo yo que tendría unos diez años de edad cuando me lo regaló mi padre. Era de formato pequeño, de tono dorado y con números grandes para que yo viera con claridad ese marcaje de las manecillas. Recuerdo que me sentía soñada con ese pequeño artefacto de pulsera de piel atabacada en la muñeca izquierda.

En casa de mis padres la vida si comenzaba muy temprano. Solíamos jugar tenis desde prontas horas mañaneras y luego a veces el baño prescolar era en el club y un desayuno ligero. Tambien solíamos volver a casa cuando no había escuela, para retomar el día y cada quien a lo suyo después de compartir un rato en el desayuno. 

                                                                Para quienes hacemos escritos personales, estos diarios de escritura a mano son muy importantes para observar una buena temporalidad. En lo personal tengo mis tiempos del día en los que le tomo el tiempo a las horas y me siento a redactar. Me gusta hacerlo con calma y sin mayor prisa, porque me gusta mucho revisar, aunque a veces si nos gana la partida el apremio de las horas. Se van eligiendo los temas, y se marca mucho el día de un diario con el momento que se vive. Esto de escribirnos, es como una necesidad que surge evidente y clara desde la niñez. No se duda mucho al hacerlo, a menos que ce pronto tengamos muchos pendientes y esto se tenga postergar. Lo he vivido, lo he dudado, mas todos en casa me animan porque saben lo que representa para mí. Siempre es necesaria una buena meditación, tiempo de oración y rituales caseros de orden a cumplir.

La temporalidad puede tomar sentidos inesperados. Nos queda claro, que la templanza que nos da el tener al Dios en el que creemos, en presente, pues es seguro que nos ayude a ser más diciplinados y conscientes de que estamos en esa contingencia divina, a seguir. Si, en lo personal puedo decir que la presencia de Dios en mi vida ha sido clave, por unas épocas más clara que en otras, es diferente y se afina o dispersa dependiendo de la etapa que se vive.

                                                                   Se dice mucho que para quienes llevan una vida espiritual, la temporalidad se convierte en el centro rector para bien, las prisas se apaciguan y sabemos bien a bien que habrá tiempo para todo. Cuando se sienten los apremios es cuando uno comprende que nos estamos demandando de más, y que hay que optar.

                                                                  Si la felicidad es un estado concreto del alma y ni qué decir de cómo depende de los gozos elegidos, la temporalidad es parte sustancial de que los ánimos no se trastoquen.

Las acciones son la parte más medular de una vida bien llevada, por lo que, si dejamos de estar conscientes de la temporalidad que pinta con sus coloridos cada instante, es probable que de pronto nos veamos en apremios no concebidos y como imaginados en un surrealismo de la vida. Los apremios así aparecidos, solo son parte de un tiempo que se nos escurre y que no nos damos cuenta cuanto nos puede afectar.

Cuando en nuestra temporalidad, o la concepción que tenemos de ésta, vislumbra que somos eternos y que pertenecemos a lo infinito; es cuando la vida nos queda claro es tan solo un instante del tiempo universal. Nos puede embargar una calma inaudita en lo interior, muy aceptable y llena de esperanza en que Dios nos recibirá en el momento preciso, exactamente como el que se dio cuando entramos al mundo.

Si logramos ordenar la mente con aspectos varios que podremos eliminar de la agenda si se llega a dar el caso, estamos del otro lado, ya podremos decir que nosotros regimos el tiempo personal.

 

Agradecer a las mañanas con los  ruidos que nos trae, a las noches con sus luces y que las sombras tan presentes siempre sepamos que se mueven dependiendo de la luz que permitamos que influya en lo que nos toca hacer.

Carlos Fuentes nos dice en el texto -La muerte de Artemio Cruz-:

-Sobrevive con la memoria antes de que sea el caos el que te impida recordar-.

No vamos por la vida como si fuéramos dentro de una ola, vamos a nuestro tiempo.

Tiempo

Es amigo el tiempo, es audaz.

Lo contiene todo, da paz.

Es enemigo el tiempo, cuando es voraz.

Lo detiene todo, da solaz.  MJ. (Continuará).

 

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